Esclavitud

P. Felipe Ortuno O. de M.

Procesión de la Merced y el Redentor

Ferrol Vello es el mar, abrazado al vaivén de sus olas, ceñido por sus mareas y respirandodesde siglos el aroma de la rosa de los vientos. Es el lugar donde la brisa se pausa por sus calles, en sus casas o en los deseos y anhelos de sus gentes. Ferrol Vello navega en los corazones, tanto como en el mar; palpita en el mar de su alma el dulce bogar de sus añejas creencias y rema con su existencia hacia el lugar que marca el hito de su redención. Entre corrientes embravecidas, cuando la confusión lo inunda todo, una señal se enarbola, se yergue entre los acantilados de la muerte desplegando trapo y luz para llevar a buen puerto la embarcación de sus almas. Este Cristo de amor emocionado en brazos de una devoción incontenible, con velas encendidas, en perpetua búsqueda utópica de una costa sin males donde arribar, con la luz de la sagrada baliza de su intrahistoria.

El Miércoles Santo fluye por el horizonte vespertino con penitente blancura, y un galeón de redención se mece por el ecuador de la semana. Desde la plaza de Amboage, el Tirso mercedario nos ofrece una pasión mitigada, como un adelanto de Pascua redentora. La razón oscura se trueca en sueños claros de verde eterno, mientras acordes de azucena le cantan a la Virgen blanca que resplandece ante la danza y el sonido enxebre de las gaitas. Navega esta Cofradía por la emoción del espíritu, urdiendo salidas de liberación, volando por el ancho cielo de los pensamientos hasta corresponderse con el horizonte de trascendentes deseos y esperanzas. La Madre de la Merced va siguiendo la ruta de las estrellas, internauta de la libertad, hasta llevar al hombre, ya sin grilletes, rotas las cadenas, al verdadero puerto: Cristo Redentor.

Madre de la Merced,

que al Tirso aromas

con el perfume

de la blanca espuma,

arranca las cadenas

de la bruma,

abre el cielo

por el que te asomas.

Rompe los grilletes

y maromas

que de muerte me tienen

y rezuman.

Cuando la tarde rompe los hilos de su tiempo continúa la pasión con nueva encarnadura.

Desde el Santuario de las Angustias cuatro hachones de cera virgen flanquean las primeras palabras incomprensibles que ha de soportar la fe, cuando la orgía de la injusticia se ceba en la inerme inocencia de un hombre: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” ¿Cómo puede caber el perdón para todos? ¿No sabían lo que hacían? Entrad en la hondura de este espacio, ensayad la postura de su vida, acariciad los jirones de la tragedia y decidme si este perfil de muerte puede resistir el perdón. Cristo del Perdón, ¿quién puede entender la razón oscura de tus sueños claros? ¿Quién puede entrar en esa gruta cóncava de pasión por la luz, que me hace perder el sentido? Brindo mi desconcierto a la Virgen, Madre de los Desamparados que lleva en sí la intemperie granate de mis preguntas, y en esa dejadez de su pañuelo blanco, como una lágrima, deja vislumbrar la pureza de su corazón de madre.

Va serena en su atardecer para encontrarse en un instante con la procesión de su tormento, cuando ya el sol esté en poniente, en los brazos serenos del horizonte.

Desde Dolores se enluta el reflejo de la ciudad, la tenue luz de los cirios se funde conla percusión penetrante de tambores y timbales, y un intenso olor a incienso, lamento y penitencia envuelve la noche de la primavera. Un altar cósmico y desnudo ofrece al Yacente, como una ola encrespada, oceánica, como una rosa de espuma en el altar del sacrificio, desnudo relámpago de redención incontenible, midiendo quizá la muerte de todos cuantos le portan.

Jueves santo

El drama pasional va entrando en las álgidas melancolías, va siendo ya la hora de la preparación definitiva para Cristo, en ese trampolín del alma que supondrá los delirios de amor de los últimos días. Su vida va desembocando con todos sus detalles en la fuente de todos los dolores. La Pasión encrespada se supera en multitud de perspectivas cuando la noche ofrece impresiones de color sombrío en todas las Cofradías. La belleza de los instantes embiste al tiempo con la ilusión de lo imposible cuando el misterio de Dios se revela en el desmayo de la vida de un hombre y en la Pasión que se adueña de este pueblo por sus calles.

Jueves Santo de Angustias y Dolores. Huele a última cena por todos los rincones. Los cristianos se han levantado de la mesa donde el amor extremo ha inclinado sus palabras para lavar los pies de los discípulos, mientras un mandamiento nuevo ha ido cincelando el fuste de una flamante catedral para el ágape de su misterio incontenible. Dios se ha sembrado, triturado y horneado a un tiempo.

Se ha hecho hambre-alimento, sed-agua, deseo-felicidad, muerte-vida. Dios se ha vuelto loco y nos ha dejado a merced de la corriente, en la tempestad interior del céfiro nocturno, rodeados por todos los enigmas que nos tienen consumidos. Y aquí estamos, desplegando las velas al viento del Espíritu, buscando la hondura de este océano y el principio de su posible aurora.

Procesión de la Pontificia, Real e Ilustre Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias

Los sonidos vibrantes de los tambores que anuncian la procesión se mezclan con el murmullo de la gente expectante. Por la Plaza de las Angustias sube la marea del sentimiento cofrade cuando Jesús Nazareno atrae sobre sí la mirada entusiasta de quienes le esperan desde sitios inverosímiles. Las gentes se santiguan a su paso mientras silabean jaculatorias ensartadas en llantos: por el hijo, por la madre, por el padre o el hermano… La dulce mirada al cielo del Cristo de la Agonía, como un galeón de luz, transporta con él las otras miradas vidriosas que con él se identifican.

Todo el paso de la vida se va derramando por las calles. Ríos de sentimientos que van desembocando en la fe, sublimando en cada imagen las heridas contenidas en sus pechos.

Escalofrío y consuelo van identificando los adentros más hondos de los sentidos, hasta llegar a la entraña misma, al útero de todas las angustias: la Madre.

¡Qué dolor de luna,

viéndote acunar el desmayo

de tu misma entraña

mientras las matrices del alma

se beben tu propio llanto

y se disuelve el pensamiento,

como un náufrago desnudo en el mar,

midiendo su muerte!

¡La Madre y el mar!

¡Qué noche de palidez sombría

cuando se cierra el círculo de tus brazos

en ese cuerpo ausente, agotado,

con ese trono nocturno

que vas cincelando en plata!

¡Qué dolor de Angustia

y qué valle tan hondo!

Madres de la ausencia, madres laceradas por los hijos perdidos, tantas que lleváis el dolor ceñido en los pliegues de vuestros pañuelos. Mirad a la Madre, a esta quinta angustia, que, como vosotras, abraza la razón de su única existencia. Miradla para ver cómo lleva en sus manos la carne de todos vuestros hijos y el desaliento de todas vuestras penas. Miradla en el espejo de vuestros vientres heridos. Vientres que parieron alegrías, que también parieron penas… Poneos en su regazo y tened piedad de ella, porque lleva consigo la expiación de todas las penas y angustias de las madres de Ferrol.

Procesión del Cristo de la Misericordia y María Santísima de la Piedad

La noche, como un vaivén de olas en la playa, va horadando la existencia hasta penetrarla con perfiles de muerte y jirones de tragedia. Se va abriendo la fosa invisible de la vida y va germinando una sombra de desmayo y soledad desconocida. Dolores abre sus puertas y convierte a Ferrol en Getsemaní: Oración y Prendimiento. Las palmeras se han trocado en olivos y el dulce olor de primavera en alpechín. Se va jirpeando el alma para el llanto y tejiendo un ámbito de bóvedas abiertas. El Hijo del Hombre apaga su cuerpo en pesadumbres mientras se marchitan sus carnes con el cilicio interior de la incontenible angustia.

Ya está aquí la Luna de Nisán deshilando las nubes de la noche para abrirse paso hasta el Ungido… Va creando sombras de frío y desamparo en medio del temblor de todos los olivos. Va descalza, voluptuosa y provocativa con los brazos desnudos del crepúsculo, lúgubre, por los tálamos de la inocencia, para entrar en los sueños atemporales y mostrarles los fríos reflejos de la guadaña.

La Luna de Nisán ahora es metálica, redonda, fría y glacial, como el universo, y quiere disputarle la luz al Señor del Huerto, con el cuchillo afilado de la tiniebla,con antorchas de luces ilusorias y el griterío de las turbas que quieren amarrarle y darle Prendimiento.

Sólo el entusiasmo de las portadoras atenúa el dramatismo con ese acunar el trono, avanzando y retrocediendo, meciendo y llorando, emocionando los sentidos de cuantos contemplan y vitorean, como queriendo adelantar la resurrección en esta noche de profunda oscuridad.

El Calvario nos lleva a la culminación de Cristo Redentor. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”… “Ahí tienes a tu madre”… Y desde aquella hora quedamos tan confundidos, que no sé si aun seguimos en aquel lugar de roca perforada.

Todo el barrio de la Magdalena anda envuelto en resonancias y perfumes, mientras una muchedumbre de fe colma las rúas con la emoción incontenible del Jueves Santo.

Una brisa salina se acerca, la bruma humedece la larga espera mientras la pasión de la belleza cofrade templa el ánimo entre cruces, incienso, cirios y penitentes. No importa el frío si Dios está en la calle. Se sobrelleva, se aguanta, se resiste. Los niños aprietan sus manitas al refajo de la madre con tal de ver llegar a la banda de cornetas y tambores. Y cuando llega se despiertan, y quieren uno, para tocar ellos también con la fe inconsciente de los sentidos, esa que va penetrando desde la cuna por la piel al corazón.

Porque también los tambores engendran su catecismo, como la cuna, como la sangre, como la leche… Llega el momento álgido cuando el Cristo de la Misericordia se encuentra con la Piedad, que, como un candelero de luz, va resistiendo la noche del hijo. Aquí de nuevo se concentran todas las madres, como un ramillete de verdad ofrecida, tocadas por el lino de la dulzura y traspasadas por los fríos reflejos del acero. ¡Qué magnetismo de dolor emocionado cuando las varoniles gargantas de los soldados se acompasan y miden con los portadores y hacen presentes a los caídos!

¡Levantad el trono al cielo, portadores,

hasta los capiteles de Dios,

hasta el costado sangrante del universo,

hasta que se estremezca la noche,

hasta que se rompa la roca de la muerte

o una gota de claridad anule a la parca!

¡Levantad el trono al cielo

hasta que hable el dueño de la vida

y apacigüe esta tormenta de cruz

que azota nuestra existencia!

¡Levantad el trono a golpe de martillo y bronce

hasta llegar unidos a la espadaña del cielo,

hasta que florezcan los vientres heridos

y emitan los suspiros un fuego de esperanza!

¡Alzad a Dios por el reguero de vuestras venas

hasta vaciarlo en los altos espacios de la aurora!

¡Viva el Cristo de la Misericordia!

Viernes santo

Hay días de luz fugitiva que, vestidos por la noche, se convierten en contrapuntos ambiguos de la existencia, cuando la quimera se adueña de ellos y el espacio trunca la razón con la locura.

Los corazones del Viernes Santo ferrolano madrugan a los padecimientos para procesionar por la vía dolorosa, como un ecuménico mar de Cofradías cosechando todo el camino de la cruz: San Juan, Nazareno, Cireneo, Verónica, Encuentros, Traslados, Entierro, Soledad y Silencios. Toda una síntesis de esencias y aire conmovido que van labrando las piedras de la ciudad con el alma de un rosario doloroso. Una filigrana emocional se va esculpiendo en los sentimientos profundos de las gentes.

Ferrol se arrodilla, calla y se enciende en esa cima de cielo en que se ha convertido la Plaza de Armas. Allí confluyen los ríos de todas las penas, en el encuentro de la consolación mutua al levantarse el clamor de los amargos vendavales. Ahí Ferrol se descubre a sí mismo, en la espectacularidad de las exaltaciones compartidas, en esa escenografía de delirio colectivo.

Tres encuentros de amor, como tres rosas,alzados y mecidos para transfigurar el dolor, para besar los labios del cielo, para llegar al espacio infinito o vencer la tenebrosidad cercana de la hora de nona.

Quiero con Juan compartir

la altura del sufrimiento,

darle a María el aliento

para poder resistir.

Que quiero por Ti vivir

junto a Cristo Redentor

y navegar el fragor

del trueno de tu calvario,

con hábito mercedario

ser tu fiel liberador.

Hazme lienzo que al pasar

estampe tu rostro santo,

Verónica de tu llanto,

compasión para tu andar.

Camino para buscar

como busca esta mujer

para poderte tener

grabado en su delantal.

Se ha vuelto el paño cristal

y espejo de su querer

Nazareno y Cireneo

yo quiero ser por tu cruz,

con mi cirio darte luz;

si es preciso, hacerme reo

por ese dolor que veo

traspasado por tu pecho.

No quiero estar satisfecho

si no puedo andar contigo

para cruzar el postigo

del más doloroso trecho.

Y al ir junto a tus dolores

te ofrezco un Avemaría

para recordarte el día

del amor de los amores

cuando al jardín de las flores

le llamaste ¡Madre mía!

Hoy en tu carne baldía

y en esa cruz de madera

va la madre prisionera

del querer que más quería.

Alondra de los cantores,

hoy pastora de tristeza,

qué dejadez de belleza.

¡Ay mi Virgen de Dolores!

Se enlutan hasta las flores

viendo tu jardín herido.

No hay pecho más abatido,

que contenga más dolor,

que el que lleva más amor

por el hijo más perdido.

Dolorosa del camino

por la senda del Calvario,

enhébrame a tu rosario

con el pétalo más fino,

entretélame a tu lino

en un hilo de tu manto

para empaparme del llanto

que rebosa tu mejilla.

Quiero estar en esa orilla

de tu maternal quebranto…

… tu maternal quebranto,

con San Juan en esa orilla.

Procesión del Santo Entierro

Todo va declinando hacia el ocaso… La Catedral de San Julián repliega sobre sí el último suspiro en el que Dios se desposa con el hombre en el límite de la incertidumbre, allá donde se sostiene el último vértigo con el desvanecimiento de la vida.

Ya se contempla el bello cuerpo de Jesús sobre la cama de la noche, en el árido espacio de la inmovilidad, allá donde se rompen las palabras y llega a su límite el balbuceo o las disonancias de los ruidos inútiles.

Es la cresta del desgarro, la raíz de la nada y el desquiciamiento interior.

La muerte mata la metáfora y escribe su nombre sobre la nada del hombre derrotado. Sólo el amor de los Cofrades del Santo Entierro mitiga el despropósito del hundimiento con el dulce respeto de su veneración.

Desfila la tristeza acompasada con solemnidad lenta y cadenciosa. El raso negro se armoniza con el ébano piramidal de la urna mientras los biselados cristales reflejan tras de sí el escorzo exánime de la muerte.

Los negros capuces octogonales van disfrazando el llanto de sus calabozos interiores y una gota inaprensible de dolor humedece el suelo de Ferrol. Sólo el reflejo de una pálida luna besa el cuerpo desnudo del Nazareno. Nada se mueve. No se mueven las delgadas alillas de su nariz, ni le vibran sus sienes, ni su melena ondea con el viento. No se oye la brisa de su voz, ni se empañan sus ojos con la emoción contenida, ni se agitan sus manos que levantaban sueños.

Sólo se oye el sordo arpegio del sonido de la urna y sólo se ve la rigidez de su cuerpo concluido.

Procesión de la Soledad

Ha quedado atrás el Calvario, con la cruz vacía, como una bandera pálida y descarnada, alumbrada tan sólo por las luciérnagas de la noche.

Allá ha permanecido la cruz rígida y marchita, abrazada por las manos que más le agradecieron, regada por los ojos que tanto le miraron.

Ha quedado la cruz enhebrada en el pecho de la Magdalena, en la rescatada mujer, en la liberada dignidad. Madero y mujer, cruz y sudario sobre las calles de la prodigiosa fe popular: catequesis delcompleto seguimiento. Acaso la única función que sostiene al auténtico discípulo.

Magdalena

Vedla sola, derramada sobre el monte del descenso humano, o quizás divino,enroscada, repudiada como espino, ya sin lágrimas vertidas ni horizonte.

Vedla rota, marchita y aplastada por el peso del alma destruida,amarrada al tronco que le dio la vida, pero sin el fruto con quien tanto amaba. Desolada está, porque estando herida,no le importa, sino quien estaba…no le importa, sino a quien lloraba.

Porque no le importa si quedar caída o quedar con su cuerpo destrozada… Quiere estar con él, crucificada.

Magdalena y Soledad, los dos amores más grandes, deambulan su tristeza por las rúas de Ferrol, sumergidas en la soledumbre del abandono. Mientras, un palio de plata cubre la tempestad de la noche, la inmensa y desabrida tormenta interior de una madre.

Una silueta de sombras va llenando el espacio de un sueño febril, difuminado, como si todo hubiera sido humo de una alucinación pasajera.

Soledad

Mirad la tristeza sola

cabalgando por el mar,

mirad su espuma de azahar

engalanando la ola

y al son de la caracola

suspirando soledad.

Desolada en la ansiedad

va postrada y desabrida,

supurándole la herida

de la fe, aunque es piedad.

Con las manos enlazadas,

paloma desprotegida,

llagada por esta vida,

ya sin vuelo, desplumada.

Hendidos en su mirada

siete puñales metidos.

Clavada va en alaridos

y en su dolor derramada,

en tormenta atormentada

con esos ojos hundidos.

Procesión de la Resurrección

Nos queda volar ahora por el sentido final de la existencia, después de haberla dejado en el recóndito cráter del caos. Nos queda penetrar por la última locura que quiso plantarse en medio de la nada para florecer.

Ha emanado el sol de los senos de la tierra,como una madre encinta derramando el suculento calostro de sus adentros. Se ha apasionado el musgo en esmeralda con el abrazo prometido de la aurora, y suena ya la alborada en el rocío callado de las flores.

El nimbo de la inocencia le ha sido reconquistado a la tiniebla. Su círculo corolario, como fruto de la cruz, ha sellado la verdad sobre esta carne de sombra, transitándola de esplendor eterno y cuerpo transfigurado. Tras las cicatrices de la historia cruenta han brotado fuentes de luz inagotables de cárdenos vivos, rojos, malvas, verdes sin miedo, de luz de cielo, para adornar las vidrieras del nuevo cuerpo rescatado y, ahora, convertido en catedral humana.

La Santa Madre ha podido desclavarse las lágrimas de la noche, desprenderse del olor que impregnaba su tristeza, desasirse de la gélida palidez que la esclavizaba al cuerpo desnudo de su hijo inmóvil. Ha despertado a la luz a la que, hasta ahora, deambulara noctámbula por las simas de la angustia. Santa María de la Luz ha encontrado salida por las estrellas en este domingo de entrañas nuevas, donde se avientan las cenizas y regresan las semillas celestiales. Ya podéis decir que se ha transformadotoda la Ría de Ferrol con la suave y delicada caricia de la Resurrección, que una fuente de jazmines ha inundado, con su catarata de perfumes, ese cáliz de la carne que reposaba en la clausura de la muerte. Ya podéis decir que ha despertado el amor desde el bautismo de las angustias, que nos ha recogido de la tierra para incendiarnos con besos de palomas y el impetuoso viento de sus alas. Se ha roto, al fin, el silencio granítico de la tumba y un eco de verdor se oye ahora por vuestra primavera, como un chasquido de la tierra desgarrando la corteza que clausuraba las simientes de todas las esperanzas. Un Cristo luminoso ha removido la piedra de los espíritus dormidos, ha arrancado la esclavitud de las vendas, el oscuro ámbito, para que nazcan en el huerto las nuevas rosas y todos los florecimientos contenidos.

Id y anunciad

el deshielo de la tierra,

los pulsos renacidos,

los olores encontrados.

Id y sembrad la calle de estrellas

hasta que los hombres abran su esperanza,

las ventanas de su casa a la fe,

y sus muertes a la vida.

Id con la hoguera de vuestras palabras

alumbrando las noches de tantas almas.

Id derramando el sol de la aurora,

hasta que lleguéis irradiando al infinito.

Id y decid que el aliento de la nueva existencia

ha convertido las calles de Ferrol

en espacio de ternura,

en blancura habitada,

en almena de gloria

y en azul de cielo…

Decid que Dios

ha extendido su tapiz verde

por los prados de esta tierra ungida.

Amén.


by Bliss Drive Review