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Ana Martín

Estimado Excelentísimo y Reverendísimo sr Obispo, Exmo. Presidente de la Xunta, Señor Alcalde y miembros de la corporación municipal, queridos presidente y miembros de la Junta General de Cofradías y presidentes de las hermandades y otras representaciones, señoras y señores.

Es un honor que las cofradías ferrolanas hayan pensado en mí para la preparación de este pregón y es un orgullo poder compartir este acto con quien me lo ha enseñado todo sobre la cultura y el arte de nuestra ciudad.

Fue él, ese hombre que hoy recibe la medalla de oro de la Junta de Cofradías, quien desde niña motivó en mí la pasión por la Semana Santa ferrolana.

Alfredo Martín, ha sido para mí mucho más que uno de los fundadores de nuestra Semana Santa Moderna. Ha sido y es una inspiración y un modelo a seguir, tanto en su vertiente artística y organizadora, como en su vertiente más humana.

Está claro, y ustedes lo entenderán muy bien, que para mí es ante todo mi padre, un hombre bueno.

Es por él, soy plenamente consciente, que hoy estoy aquí. Porque desde niña, siempre de su mano, he crecido al amparo de la Capilla de la Orden Tercera, participando en los desfiles procesionales.

Durante años, he visto a mi padre trabajar en el barrio con los jóvenes, creando la Banda de Granaderos, instruyéndolos a golpe de corneta, gaita y tambor. Sus manos inquietas laboraron y siguen laborando, a sus 86 años, para crear obras artísticas tan visitadas como el belén de la Orden Tercera o como su querida Passio, obra que recoge en 9 dioramas, a través de maquetas y figuras, los pasajes más relevantes de la Pasión de Cristo.

Esas manos crearon también el trono del Ecce Homo, que cada Domingo de Ramos sirve de plataforma a la imagen creada en el XVIII por Florencio Gambino. Una talla de corte espectacular y dramático rostro que acrecentó mi fe y me invitó a querer acompañar a Cristo en un camino de penitencia y redención.

Decía San Francisco de Asís, que en la vida debemos comenzar haciendo lo necesario, luego lo que es posible y entonces estaremos haciendo lo imposible. Eso hicieron todos ellos, los pioneros de nuestra Semana Santa, lo necesario, lo posible y lo imposible por conmemorar de manera visual y pública, la pasión de Cristo, por crear unas hermandades que deben de ir mucho más allá del desfile procesional, que deben extender sus manos a los cautivos del siglo XXI, como bien reza la Cofradía de la Merced.

Cuando hace unos años, por cuestiones laborales, tuve que dejar de participar en las procesiones, el corazón se me encogió en una extraña sensación de ausencia, al comprobar que me estaba convirtiendo en una mera espectadora. Con el tiempo encontré otros modos de colaborar a través del verbo, de la escritura, del mundo audiovisual. De modo que si las procesiones son un instrumento con el que la Iglesia sale a la calle al encuentro de su pueblo, creo que los periodistas cristianos tenemos la obligación de tomar el testigo y seguir esa senda tratando de lograr que el mensaje evangélico entre en los hogares.

Por ello, me gustaría que este pregón no se limitase a presentarles a ustedes una especie de estudio sociológico o histórico, porque considero y creo firmemente que nuestra Semana Santa tiene un valor por sí mismo que nosotros como cristianos conocemos.

Para los creyentes, estas fechas son momentos de tristeza, de recogimiento, pues celebramos la Pasión y Muerte de Jesucristo. El penitente que marcha por las calles de Ferrol, lo hace como muestra de amor y reconocimiento al gran sacrificio que Jesús hizo por nosotros, hace casi 2000 años, en las lejanas tierras de Palestina.

El cofrade convierte por una semana las frías y lluviosas rúas departamentales, en las polvorientas callejuelas de Jerusalén. El penitente quiere acompañar al Redentor en su sufrimiento, conocedor, eso sí, de que tras la muerte llegará la Resurrección y la Salvación de la humanidad.

La “andaina” de este pregón comienza con la imagen de esos atardeceres teñidos de luto en los que las calles ferrolanas se colman de gentes de aquí y de allá, y en donde nacen instantes en los que se oye el silencio. En medio del gentío, de las voces acalladas y del pausado caminar de los cofrades, aparecen los pasos procesionales portando las veneradas imágenes. En esos momentos, anecdóticos para unos, profundamente enraizados en el alma de muchos otros, todo se nos olvida; las luces, las gentes, las voces…

Nuestra mirada, aturdida por los pasajes de la Pasión, se embelesa con la belleza que brota de la Semana Santa Ferrolana. Ciertamente nada sería igual sin la existencia de los artistas del ayer y del hoy, que dieron vida a las maderas en rostros, en gestos de amor y de sangre, y que tallaron con la maestría de sus gubias, esos tronos que transportan a las imágenes por las calles para la veneración de los fieles.

Uno de los elementos externos más significativos de la Semana Santa ferrolana de la actualidad son sin duda, los penitentes encapuchados. La tradición de los capuchones, muy enraizada en otros puntos de España, no se adoptó en Ferrol hasta después de la Guerra Civil. Fue , sin embargo, el rápido desarrollo de la Semana Santa Ferrolana y la divulgación de su fama por toda Galicia, lo que hizo que rápidamente se concibiese como costumbre inmemorial lo que no era más que una reciente adopción.

Esto no quiere decir, por supuesto, que no existiesen procesiones con anterioridad a la contienda del 36, ni mucho menos. Tengamos en cuenta que la religión jugaba un papel muy importante en la sociedad del siglo XIX y de los anteriores. De hecho, en aquellas centurias, no era sencillo separar con claridad política y religión, circunstancia suficientemente probada con el hecho de que el propio ayuntamiento se encargase de la organización y sostenimiento económico de algunas de esas procesiones.

Las celebraciones externas de este tipo constituían una de las manifestaciones más palmarias de la religiosidad barroca que se expandió con fuerza tras el Concilio de Trento y que, lógicamente, no sólo afectó a Ferrol sino a todo el orbe católico.

En el pasado, al leer en la documentación ferrolana del siglo XVIII que a los desfiles procesionales acudían fieles con sus hábitos, se malinterpretaba esta información y se creía erróneamente que ya por aquel entonces existían aquí cofrades encapuchados, algo que no podemos realmente afirmar.

¿Quiénes eran entonces aquellos fieles con hábitos a los que alude la documentación dieciochesca? Eso sí, es sencillo de explicar.

En el siglo XVIII recalaron, a la recién nacida real villa de Ferrol, dos órdenes religiosas de seglares que levantaron sus propios templos. La Orden Tercera Servita, con devoción a la Virgen de los Dolores, y la Tercera Orden Franciscana, fieles seguidores del pobrecillo de Asís, de San Francisco, creador de la tradición del belenismo e impulsor de las celebraciones pasionales.

Las dos órdenes, formadas por laicos, se afanaban con sus desfiles procesionales, en la conmemoración de la Pasión y Muerte de Cristo, pues así lo requerían sus constituciones y reglas. Tanto los servitas como los terciarios franciscanos, como miembros de una orden seglar, tenían hábito propio que empleaban no sólo para ceremonias religiosas tales como entierros, misas de la congregación sino también para las procesiones o incluso para su vida diaria.

Los terciarios servitas y franciscanos desempeñaron un papel fundamental en la revitalización de las celebraciones pasionales en la nueva capital de departamento. Pero no fueron las únicas congregaciones seculares que se implicaron en el fomento de estas prácticas religiosas. Algunas de las cofradías asentadas en este templo parroquial de San Julián, caso de la de San José y la de San Antonio, tenían bajo su custodia los pasos de la Oración en el Huerto y el Cristo atado a la columna respectivamente. Asimismo, en la pequeña capilla de San Roque, la cofradía homónima, otrora vinculada al gremio de mareantes, tenía a su cargo el hermoso conjunto escultórico del Apostolado. Durante la Semana Santa de entonces y hasta bien entrado el siglo XX era tradición que el pequeño templo se transformara en un particular cenáculo presidido por Cristo y sus discípulos. Un grupo escultórico, lamentablemente, desaparecido en la actualidad.

Mientras todo esto sucedía, en el barrio de Esteiro, lugar de residencia de un gran número de operarios de los astilleros reales, la devoción popular mariana fructificó en el nacimiento de la cofradía de Nuestra Señora de las Angustias. Y muy pronto, gracias a las considerables limosnas ofrecidas por sus devotos, se logró erigir un templo donde custodiar tan venerada imagen.

Así es que, aunque no cabe duda de que los siglos XX y XXI han contribuido a enriquecer el patrimonio imaginero de nuestra Semana Santa, sus cimientos arrancan en el XVIII. Nada tendría sentido en nuestras celebraciones sin la construcción, en aquella centuria, de templos como el ya mencionado de las Angustias, las capillas de la Tercera Orden Franciscana o de Dolores o el majestuoso y neoclásico templo en el que nos encontramos.

Estos antecedentes, sin duda importantes, prepararán el terreno propicio para que germine ya en pleno siglo XX la Semana Santa ferrolana tal y como hoy la entendemos. Será en la postguerra, tras la dramática contienda civil, cuando hombres como Demetrio Casares, Juan Ignacio Núñez, Daniel Novás o el propio Alfredo Martín, rehabiliten el viejo sentimiento pasional de los ferrolanos dándole un nuevo cariz. Su labor pionera contó con una entusiasta acogida por parte de la sociedad departamental, creándose lo que hoy se puede denominar sin temor a equivocarnos la semana santa más importante del norte de España.

Desde entonces, cada año se repite ese encuentro: el del pueblo ferrolano con su fe, pero nunca las escenas, nunca el espectáculo efímero de una procesión es igual al del año precedente. Las calles de Ferrol se transforman en un museo ambulante donde siempre se halla, se descubre, se encuentra… Y sus gentes, durante más de siete días de pasión, buscan en las tallas de las cofradías un espacio para la esperanza y el recuerdo, ayudados por esa tristeza humana que tanta facilidad tiene para la añoranza.

Cuántas leyendas nacen en torno a las sagradas imágenes. Sus rostros esconden tras de sí, dos realidades, la del relato evangélico y la del modelo que sirvió de guía al escultor. Antaño artistas tales como el pintor Murillo buscaban entre las mujeres de los barrios más humildes, los rostros que darían identidad a sus vírgenes. El resultado era realmente hermoso, pero no todos sus contemporáneos estaban dispuestos a rendir culto a una imagen con la faz de su vecina.

Tal vez por ello, Guillermo Feal, uno de los nombres más reconocidos de la imaginería religiosa de nuestra tierra, se valió de modelos reales para lograr poses perfectas, cuerpos bellos, pero se negó a buscar por las calles los rostros para sus imágenes sagradas.

Cuando la Cofradía de las Angustias le encargó tallar su yacente, Feal pidió a un tabernero llamado Daviña, que le sirviese de modelo. El yacente tiene su cuerpo pero no su faz porque nuestro querido escultor, creía que debía dotar a los rostros del aura de una belleza ficticia, irreal y más aún en la figura femenina.

De todas las esculturas religiosas que realizó a lo largo de su vida, para parroquias y para cofradías, de la que estaba más orgulloso, con un orgullo casi paternal, era de la María Magdalena que realizó para las Cofradías de la Orden Tercera, la talla de corte más moderno de nuestra Semana Mayor. Realmente se trata de un paso completo, un trono ovalado de cuyo centro sobresale un enorme madero desnudo al que se aferra en su desolación María de Magdala, con el gesto ensimismado y con el alma en la mirada. Cuando años ha conocí a Feal, se lamentaba de que no se hablase más de esta obra. Sirvan estas palabras para enmendar su pena.

Han sido muy diferentes artistas de diversas épocas y procedencias los que han sabido representar para nuestra ciudad los dolores pasionales de María. Saben ustedes que en muchas ocasiones a la Virgen se la representa con un corazón atravesado por siete puñales que aluden a los sufrimientos de una Madre consciente de que su hijo es el Redentor.

Fue en el siglo XV cuando el mundo cristiano desarrolló la devoción a los siete dolores de la Virgen, que no se circunscribían únicamente al episodio de la Pasión y Muerte de Jesucristo sino que se distribuían a lo largo de todo su periplo vital.

El primer dolor se produjo en la presentación de Jesús en el templo, cuando Simeón, después de dar gracias a Dios por conocer al Salvador del mundo, le predijo a María la muerte de Jesús señalándole que una espada atravesaría su alma, según narra San Lucas.

Más tarde llegaría La Huída a Egipto, tema utilizado por la iconografía como un símbolo de ayuno y privación, así como un nuevo anuncio del martirio de Cristo y de los sufrimientos que por ello su Madre viviría.

También Lucas nos narra como Jesús debatía en el Templo con los doctores, mientras María padecía por creerlo perdido. Este dolor es el último referido a los de la infancia de Cristo.

A partir de ahí comienzan los dolores relativos a la Pasión, iniciándose con el Encuentro de Cristo con su Madre en el Camino del Calvario. Cada mañana del Viernes Santo, los cofrades portadores de la bella imagen de la Virgen de Dolores, que lleva en su pecho un corazón atravesado por un solo puñal, el de la profecía de Simeón, mecen con amor su trono en la escenificación de este pasaje que tan vívidamente resume un viejo vía crucis franciscano:

“Pobre Madre y Pobre Hijo. La más cariñosa de las Madres. El mejor de los Hijos. Él, condenado a Muerte, Ella… ¡Oh Dolorosísimo Encuentro.”

La Virgen de la Piedad de las cofradías de Dolores, es otra tierna dolorosa que acompaña en la noche de Jueves Santo al Cristo de la Misericordia. Esa escena, la de la crucifixión, es el quinto dolor de María que recogen los evangelios apócrifos.

El sexto dolor se produce en el Descendimiento de la Cruz. En él se representa a María recibiendo en sus brazos el cuerpo inerte de su Hijo. Para hacérnoslo entender visual y emotivamente, la Cofradía de las Angustias procesiona a su imagen titular. La Virgen de las Angustias, es realmente una Piedad que descendido el cuerpo de su Hijo, lo abraza inundada en lágrimas e infinita tristeza, al pie de la cruz.

En el conjunto ferrolano llama poderosamente la atención, la falta de proporciones en la talla del Divino Hijo. Posiblemente el autor se inspirase en los escritos del franciscano San Bernardino de Siena quien narró cómo María ante la muerte de Cristo, creyó volver a los felices días de Belén, cuando acunaba al niño Jesús entre sus brazos.

La escena, dramática y amarga fue recogida también en la literatura por plumas tan diestras como la de Lope de Vega.

“…A los brazos de María,

y a su Divino Regazo

vienen a quitarle a Cristo

los que a la cruz le quitaron.

Porque en entrambas fue cierto

que estuvo crucificado,

en María con dolores,

y en la cruz con fuertes clavos…”

 “Al entierro de Cristo”. Romance XVII. Romancero espiritual para arreglarse el alma con Dios.

Compuesto por Lope de Vega a devoción de los terciarios franciscanos de Madrid.

El séptimo de los dolores hace referencia a la Sepultura de Jesús. En la tarde del Viernes Santo, parte de esta iglesia catedral, el cortejo fúnebre del Santo Entierro. Un impresionante joyero de cristal y ébano, sirve de cobijo al cuerpo exangüe de Cristo que es acompañado por los caballeros y damas de la Cofradía del Santo Entierro. A su paso, se hace el silencio. Y cada año al contemplar la estampa de tan imponente comitiva recuerdo los versos que Lope escribió para el vía crucis de los terciarios franciscanos.

“La tarde se escurecía

entre la una, y las dos

que viendo que el Sol se muere,

se vistió de luto el sol.

Tinieblas cubren los aires.

Las piedras de dos en dos

se rompen unas con otras,

y el pecho del hombre no.

No cesan los serafines

de llorar con tal dolor,

que los cielos, y la tierra

conocen que muere Dios.

“A la muerte de Cristo“. Romance XV. Romancero espiritual para arreglarse el alma con Dios.

Compuesto por Lope de Vega a devoción de los terciarios franciscanos de Madrid.

Tras el triste cortejo, en unas horas, María, ataviada con los colores de las viudas, el blanco y el negro, recorrerá las calles del barrio de la Magdalena vistiendo su Soledad. Es esa la imagen titular de las Cofradías de la Orden Tercera. Una Virgen de candelero que me mostró desde niña, el sereno rostro de la tristeza y de la resignación hecho arte. Les reconozco que cada año al ver a mi Soledad sobre el trono de Guillermo Feal, me emociono muy profundamente.

La Soledad llora…

“Sin esposo, porque estaba

José de la muerte preso;

Sin Padre, porque se esconde;

Sin Hijo, porque está muerto.

Sin luz, porque llora el sol;

Sin voz, porque muere el Verbo…”

Los cuatro dolores pasionales de la Virgen están magníficamente representados en la Semana Santa Ferrolana merced a unas imágenes dieciochescas que no en vano son las titulares de tres de las Hermandades: La Virgen de los Dolores, las Angustias y la ya referida Soledad.

Pero hay más. A medida que nuestra Pasión ha ido cobrando auge, mucho se ha enriquecido su patrimonio imaginero. En el caso de las imágenes marianas, las del XVIII, conviven con otras actuales que mantienen eso sí, la estética barroca tan unida a los desfiles procesionales.

Así, ya en el siglo XXI, el Lunes Santo nos topamos en las calles con la presencia de la Virgen de la Amargura, el Martes con la de la Esperanza, ambas de las Cofradías de Dolores. A ellas se une la hermosa Señora de los Cautivos que encargó en 2011 la Cofradía de la Merced al escultor sevillano José Hurtado. Una nueva dolorosa de gran belleza y dulzura que procesiona en la tarde del Miércoles Santo sobre los hombros de los alumnos del colegio Tirso de Molina.

Es un espíritu juvenil el que renueva la Semana Santa de la mano de la Cofradía de la Merced, que había existido ya en los años 50 y que renació a inicios del siglo XXI. No era la misma hermandad, pero mantenía su carisma y la devoción a la Virgen de la Merced en su advocación de Dolorosa.

Es emotivo comprobar cómo, año a año, los mercedarios crean cantera. Cómo sus alumnos participan de la Semana Santa con un entusiasmo encomiable. Saben además dotar a sus cofrades de una vertiente social y asistencial que nunca se debe olvidar dentro de una hermandad. Ya van dos años que sus portadores ensayan por el centro de Ferrol con una suerte de trono de pruebas sobre el que al mismo tiempo recogen alimentos para Cáritas. Institución de la Iglesia que cumple, permítanme este inciso, 50 años de vida y trabajo social en nuestra ciudad, en cuya labor debemos involucrarnos todos los cristianos

En unos días los sones de las Bandas Ferrolanas comenzarán a entonar la Banda Sonora Original de nuestra Semana Santa. Todo se está preparando para que la Pasión y Resurrección de Cristo sea conmemorada, para que todos nosotros recordemos a través de los sentidos; de la vista con los pasos; del oído con los sones y silencio; del tacto con los ropajes e incluso del olfato con los inciensos, que el Hijo de Dios dio su vida por nuestra Salvación. No dejemos pasar la oportunidad de vivir intensamente la conmemoración cultural, artística y por supuesto religiosa, más importante de nuestra ciudad.

Les invito a que se hagan partícipes de ella y que todos juntos pregonemos allende estas tierras la Semana Santa Ferrolana.


by Bliss Drive Review