2014: Leonardo Lemos

jose-leonardo-lemosCon vuestra licencia Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo, hermano y amigo:

Agradezco en el alma la invitación que me habéis hecho, por medio de Monseñor Sánchez Monge para que, por momentos, abra la memoria de mi corazón a tantas experiencias vividas, con este pregón de la Semana Santa Ferrolana del 2014. Ante todo, muchísimas gracias.

Permitidme que, en primer lugar, salude a las excelentísimas e ilustrísimas autoridades civiles y militares, al Sr. Alcalde-Presidente de la Corporación Municipal de la ciudad de Ferrol; al Sr. Vicepresidente de la Diputación Provincia de A Coruña, al Muy Ilustre. Sr. Cura-párroco de este bellísimo templo de San Julián que ha sido para mí, durante mis años de estudiante, lugar de oración y de encuentro con el Señor. A la Ilma. Sra. Presidenta de la Coordinadora de Cofradías.

Señoras y Señores, Amigos todos.

En este año singular, en el que la Semana Santa Ferrolana ha sido declarada de Interés Turístico Internacional, me cumple el honor de ser pregonero de esta efeméride que acontece anualmente desde hace siglos. Cuando, a la vera del río Miño, que por Providencia es mi actual lugar de residencia, escuché la noticia de este reconocimiento que va más allá de nuestras fronteras, vuestra alegría ha sido la mía, pero sentí dolor, os lo confieso, cuándo al día siguiente pude leer algún comentario negativo con el que algunos manifestaban su disconformidad con la distinción concedida y aprovechaban la ocasión para lanzar invectivas contra los desfile procesionales. En un país que presume de estar abierto a todas las modas y opiniones, que se precia de su talante democrático, no se entienden esos signos de intolerancia que rayan en el fanatismo o en el insulto, porque, mis queridos amigos, antes de que nosotros existiésemos, ya se procesionaban las imágenes sacras por las calles de nuestra ciudad desde o muelle de Curuxeiras, no Ferrol Vello, hasta el barrio de Esteiro, en donde tiene su sede el santuario de las Angustias.

Pero, nos podemos preguntar si tiene sentido en un país como el nuestro, lleno de contrastes, celebrar en la calle la Semana Santa. Reconozco que para algunos, los desfiles procesionales por nuestras calles constituyen un atentado a la libertad; otros piensan que es un subproducto de tiempos pretéritos, romántica pretensión – dicen– de un pequeño grupo que quiere imponer sus convicciones religiosas. ¡Nada de eso es la Semana Santa Ferrolana y sus procesiones!

Piensan, algunos, que el cristianismo es pura cosmética cultural que, bajo sus apariencias ya no hay nada. Yerran quienes esto afirman. ¡Que bien ha sabido captar Mons. Sánchez Monge –vuestro obispo – la profunda realidad que se esconde tras los desfiles procesionales y todo lo que esto conlleva!, sus reflexiones magistrales, faro iluminador de la piedad popular, han quedado reflejadas en esa carta sobre “Las cofradías y hermandades penitenciales en el tercer milenio”, del año 2009. Con esta publicación se estudian y analizan los auténticos sentimientos que la Iglesia tiene sobre esta actividad del apostolado laical, situándola dentro del marco de la nueva evangelización en este tercer milenio del cristianismo.

La Semana Santa ferrolana es piedad, historia, cultura, arte y por qué no, también turismo – que supone desarrollo y progreso para un pueblo que está sufriendo en los últimos años graves vicisitudes – ¿acaso se oponen o contradicen estas realidades? Estimo que todo lo contrario, porque todo aquello que afecta a lo más humano del hombre, interesa a la Iglesia porque ella, mejor que nadie, ha sabido descubrir que su camino es el camino del hombre. El auténtico camino de la evangelización nueva pasa por el ser humano que se exterioriza, tantas veces, a través de estos signos de piedad y devoción.

Arranquémosle al ser humano sus manifestaciones religiosas, tal como pretendieron hacerlo algunas poderosas ideologías decimonónicas, que sembraron tanto dolor en el pasado siglo XX y nos daremos cuenta que lo reduciremos a su propia finitud y contingencia condenándolo a vagar sin sentido por los caminos de este mundo. Las expresiones religiosas, como lo son las procesiones de Semana Santa, son manifestaciones vivas del sentimiento religioso más profundo del hombre que, a pesar de las modas laicistas excluyentes, o del secularismo libertario siguen emergiendo en nuestra sociedad, y lo hacen como una exigencia radical que brota de lo más íntimo del ser humano porque la religión no es algo epidérmico o accidental, sino que es esa realidad profunda que está enraizada en el ser del hombre.

Todos nosotros, en cuanto que seres humanos, que poseemos una racionalidad determinante, somos religiosos, porque el hombre y la mujer de hoy y de siempre, no es que tenga religión, sino que es un ser religioso. Es precisamente en este hecho radical en donde se funda el sentido último de todas estas manifestaciones populares. Aquellos que tanto hablan de libertades, si pudieran prohibir las procesiones y cualquier otra manifestación externa de los sentimientos religiosos ¡seguro que lo harían en aras de su libertad! violentando gravemente los sentimientos más profundos del ser humano y sin querer queriendo, terminarían atentando contra la misma libertad en cuyo nombre dicen y quieren actuar.

Las manifestaciones religiosas populares del cristianismo, allí donde se implantó la cruz redentora de Jesucristo, no solo dieron comienzo a un proceso de evangelización, sino que también generaron un auténtico proceso de socialización, forjaron orden y desarrollo, creció la vida de los pueblos y se hizo realidad el progreso humano y moral de los ciudadanos.

Si queréis ejemplos hay muchos, solo quisiera mencionaros la ingente labor de evangelización del continente americano, de extensos territorios en África, de la labor excepcional de nuestro paisano Fray Rosendo Salvado en Australia. Y si me preguntáis por otras realidades más recientes os mencionaría esas ciudades santuarios que nacieron casi de la nada: Lourdes, Fátima, etc. Sin la presencia del hecho religioso hoy no existirían.

La cruz de Cristo y sus diferentes manifestaciones son signo de armonía, plenitud, desarrollo, cultura y auténtico progreso. Pero, si tuviéramos que buscar una palabra que sintetizase la realidad plástica y devocional que se vivirá, dentro de unos días, en las iglesias y calles ferrolanas, yo diría, sin duda alguna, que la Semana Santa ferrolana es belleza. Porque, quién no se siente sobrecogido ante el sereno dolor de Nuestra Señora de las Angustias o de los Desamparados, o al contemplar el  rostro de aquella imagen de la Virgen de la Luz, o de Nuestra Señora de los Cautivos, a la que de niños le llamábamos la Virgen Blanca, o ante la mirada de la Soledad o al descubrir las lágrimas de la Virgen de los Dolores. Quién no se siente emocionado ante el Cristo de la Paciencia, o ante paso sobrio y solemne del Santo Entierro.

“La belleza nos salvará” afirmó con fuerza el gran Dostoievsky. Solo esa belleza redentora del Crucificado-Resucitado nos puede redimir de nuestras mediocridades. Necesitamos recuperar, también en y por nuestras calles, el sentido auténtico de la belleza. Las procesiones de Semana Santa no son manifestaciones prepotentes de lo católico, sino que son una auténtica necesidad del ser religioso de muchos ciudadanos y también quieren ser una llamada interior para que aquellos, que contemplan sus pasos, puedan recorrer ese camino que les ayuda a encontrarse con ellos mismos y con Dios, belleza infinita, que por un designio de su benevolencia se escondió en las realidades bellas de la naturaleza, sobre todo en el rostro del ser humano, convirtiéndose así en modelo inspirador de las sagradas imágenes. Porque la belleza no es un fin en sí misma, es necesario armonizar la belleza con la bondad, de ahí que casi todas las Cofradías, cuando viven con autenticidad lo que procesionan por las calles, siempre son talleres de generosa solidaridad; y no solo eso, sino que también es necesario armonizar la belleza con la piedad, convirtiéndose estas Hermandades en escuelas de santidad de vida.

Siempre ha existido una estrecha relación entre la belleza y la fe, ésta se ha convertido a lo largo de la milenaria historia de la cultura occidental en un camino, no solo para contemplar la realidad bella, sino también para plasmarla. No hay más que visitar los grandes museos para darnos cuenta de la ingente cantidad de obras de arte inspiradas por los misterios salvadores del cristianismo.

Vosotros, los que formáis parte de las Cofradías, debéis ser conscientes de que no solo exteriorizáis algunos misterios de la Redención Humana, sino que manifestáis por las calles la fe que poseéis en vuestros corazones, de ahí que si a este acto externo le sumáis esa lucha por vivir en gracia de Dios, es decir, en sintonía total con el querer de Nuestro Señor Jesucristo, entonces vuestras bellísimas y piadosas imágenes, el orden y la música procesional, todo, absolutamente todo ¡hasta el sacrificio más
pequeño! se convertirá en una ocasión de conversión para aquellos, que como espectadores contemplan ajenos el desfile de vuestro paso de devoción, y se sienten fascinados por la serena belleza de lo que contemplan.

Sabemos bien que no es fácil alcanzar la belleza si no existe fe en ese Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo, auténtico creador de la verdadera y eterna belleza, por eso es muy importante no convertir nuestras procesiones en simples desfiles, similares a aquellos que recorren las rúas de nuestras villas y ciudades en días previos al comienzo de la Cuaresma.

Solo la auténtica belleza impresiona y fascina el corazón del hombre, porque se convierte en una terapia que restaura el corazón herido y, si se cuida, es camino de conversión que abre el ser del hombre a algo fascinante, diferente, distinto y misterioso que lo proyecta hacia aquello que está por llegar y es causa de plenitud. La belleza así entendida se convierte en un camino de esperanza para el hombre porque le lanza más allá de las fronteras de su propio ser, tantas veces roto por los problemas y las dificultades del vivir cotidiano, dándole una perspectiva nueva en su existencia. Sin embargo, es necesario tener en cuenta que el cristianismo es más que un puro sentimiento transitorio, o una manifestación estética, o una reacción externa a una serie de costumbres aprendidas desde la infancia.

El cristianismo es vida y, por consiguiente, no se puede aherrojar en un espacio y en un tiempo determinado – no se puede en cerrar en las sacristías- al igual que no se pueden robar las ansias de libertad y la sed de amor que posee el corazón humano aunque se le pretenda encarcelar o prohibir sus manifestaciones. La vida supera todos los esquemas, rompe cualquier tipo de formulismos, por eso el Cristianismo es cuestión de fidelidad, de entrega, de tolerancia, de amor, de heroísmo, de martirio. El cristianismo es vida y por eso también encuentra su lugar de expresión en las plazas y calles de nuestras villas y ciudades en donde discurren las actividades ordinarias de sus ciudadanos.

No se es cristiano porque uno haya tomado la determinación de realizar en su vida un proyecto ético interesante, ni por haberse dejado atrapar por una noble idea, sino que se es cristiano por puro don, por puro regalo de un Dios que se ha hecho presente en nuestra vida, que se quiso encontrar con nosotros a través de una persona: la adorable persona de Nuestro Señor Jesucristo.

Hoy, este Dios con nosotros que asumió nuestra humanidad, que se nos hizo presente a través del rostro de Jesús, para muchos de nuestros conciudadanos, en el silencio de su corazón, en donde se encierra todo el misterio fecundo de su vida, se puede hacer presente a través de las imágenes de cristos y dolorosas que procesionarán por nuestras calles!

Las procesiones de nuestra Semana Santa no solo son un desfile ordenado de cofrades y penitentes acompañando esas hermosas y veneradas imágenes, algunas de ellas cargadas de historia y de arte ¡son mucho más! Son una catequesis viviente, una evangelización a través de la belleza. Para muchos niños y jóvenes, hombres y mujeres los desfiles procesionales son la única ocasión que tienen para encontrarse con una imagen de esa realidad de lo divino que hace elocuente, a través de estas realidades plásticas, el misterio de esa dimensión de trascendencia que se encuentra como anhelo profundo en todo ser humano y que algunos pretende ahogar con sus silencios y prohibiciones. Se olvidan, con frecuencia, que el hombre es tanto más libre y feliz cuanto más se abre a esa dimensión de eternidad que se esconde en lo más íntimo de su corazón.

Entre mis recuerdos de adolescente quedó grabado aquel encuentro que tuve con aquella venerable imagen del Santísimo Cristo de los Navegantes – creo que era un Miércoles Santo- ¡Cuántas veces delante de la imagen del Santo Cristo de la catedral ourensana se hacen vivos aquellos recuerdos de mi juventud y de esta ciudad!, puede existir algún corazón, por duro o insensible que sea, que no se estremezca ante la mirada del Señor de los Navegantes ¡Cuántas plegarias! ¡Cuántas lagrimas contenidas! ¡Cuánta fe, sencilla y pobre, pequeña y humilde queda recogida en esas miradas de tantos hombres y mujeres, niños y ancianos ante el paso de esta antiquísima imagen, cuya historia nos lleva a las entrañas mismas del Ferrol marinero que todos recordamos y hemos vivido.

Para mí, sería interminable el recorrido por las bellas imágenes de las procesiones de Ferrol, antiguas y modernas. Y, al llevar tanto tiempo sin poder asistir a vuestros desfiles procesionales, correría el riesgo de ser parcial e injusto con tanta piedad y belleza. Basta tan solo abrir nuestra mirada ante la tierna belleza de Nuestra Señora de la Soledad. Permitidme que aluda a esta imagen tan entrañable que se guarda en el barroco altar de la capilla de la Orden Tercera, lugar este frecuentado por mí y por tantos otros jóvenes donde surgió aquella Banda de granaderos, con la finalidad de acompañar los pasos que allí tenían y siguen teniendo su estación de penitencia.

Con qué ilusión se preparaba la procesión de aquel Sábado Santo. Aquellos muchachos, cuando se realizaban los cultos del Triduo Pascual, en el atardecer del Jueves Santo, participaban y cantaban en la Misa en la Cena del Señor y después velaban por turnos al Santísimo en el monumento ¡cuántos momentos de gracia! Y, cuántas veces, los llamados agentes de pastoral desaprovechamos tantas ocasiones de gracia y no hemos sabido ayudar a los jóvenes a encontrarse con Jesucristo, a través de los sacramentos, es decir, a encontrase con la gracia del Señor Resucitado. En algunos lugares de nuestra España, al igual que aquí, en torno a las hermandades y cofradías se encuentra mucha gente joven que busca algo más de lo que se le ofrece cotidianamente, de ahí que es necesario apoyar y encauzar esos ámbitos de apostolado laical y convertirlos en lo que deben ser: espacios de evangelización. Los resultados de la apuesta por estos areópagos especiales no se hicieron esperar y de entre los cofrades jóvenes han surgido vocaciones al ministerio sacerdotal, a la vida religiosa, misionera y monástica, porque Dios sigue llamando, solo espera que el corazón de los niños y de los jóvenes encuentren el marco adecuado que le deje sentir esa llamada y, en ocasiones, las cofradías y hermandades son ese humus vocacional que no debemos descuidar.

Os invito mis queridos amigos y amigas a que convirtáis esta Semana Santa en un gran momento contemplativo. Creedme que os sentiréis curados en vuestro interior. ¡Contemplad la imagen de la Virgen de los Dolores! Todavía recuerdo con religioso estremecimiento aquel día de la Semana Santa de 1968, cuando se recogía la imagen en la parroquia de Dolores, sede de la cofradía de su nombre, cuando una mujer de entre la multitud entonó aquel ¡Salve Madre…! Que inmediatamente fue seguido por la multitud y aquella plaza de Amboaje se convirtió en un clamor de piedad mariana. Jamás podré olvidarme de aquellos pasos de la tarde del Jueves Santo que eran procesionados por la Pontificia, Real e Ilustre Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias. Aquella talla impresionante del Cristo de la Misericordia y, sobre todo la composición estética de la Virgen de las Angustias que era todo un derroche de ternura y de misericordia que parecía decirnos, sin ruido de palabras: ¡Ved si hay dolor como mi dolor!

La tarde del Viernes Santo se centraba en esta concatedral de San Julián. Finalizada la Liturgia de la Cruz salía la procesión del Santo Entierro; eran momentos de emoción contenida. Todavía hoy, a pesar del paso de los años, me parece percibir en medio del silencio el sonido acompasado que producían aquellas horquillas que llevaban los cofrades. Algo faltaba a las procesiones ferrolanas para ser expresión plásticade los misterios de la Redención, porque después de aquella sobria procesión de la Caridad y del Silencio, que se acercaba hasta aquel Hospital de Caridad, concluían sus manifestaciones.

Sin embargo, he podido comprobar que los organizadores tuvieron la feliz idea de recuperar la procesión de la Resurrección en la mañana del Domingo de Pascua, Día Santo por excelencia en la vida del cristiano, prolongación del mismo es nuestra celebración gozosa del domingo, el Día del Señor. Mis queridos amigas y amigos, podría continuar con la expresión de mis sentimientos, pero ha llegado el momento de concluir.

La Semana Santa ferrolana es obra de muchos corazon es. Su realización plástica supone una conjunción de esfuerzos por parte de las cofradías: Angustias, Dolores, Merced, Santo Entierro, Orden Tercera. Pero no os olvidéis que el éxito de la Semana Santa sois todos: Obispado, consiliarios, cofrades, autoridades ¡todos vosotros amigos míos! Que sois la expresión más viva y auténtica del pueblo ferrolano. Vosotros constituís el alma de su Semana Santa, sin vosotros, sin vuestra piedad y sin vuestro compromiso esto no tendría sentido. Que esta unión por una causa tan hermosa os ayude a llevar a cabo lo que el papa Francisco nos ha dicho en su reciente exhortación apostólica Evangelii gaudium:el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo (nº 122) y una de esas formas populares de evangelización es vuestra Semana Santa.

Que todo lo que vivís con ilusión y celebráis con pasión os ayude a convertiros en esos discípulos misioneros que la Iglesia y el mundo de hoy necesitan.

¡He dicho!