2011: Antonio Pelayo

Excelentísimo y reverendísimo Señor Obispo, querido amigo Don Manuel

Excelentísimas Autoridades

Ilustrísima Presidente de la Coordinadora de Cofradías, querida Meca

Amigos de Ferrol

Antonio PelayoEste de ahora es para mí un momento emocionante y difícil.

Comprenderéis fácilmente mi emoción al encontrarme en esta con-catedral de Ferrol en presencia de tan dignísimas autoridades y tan numeroso público para proclamar el Pregón de la Semana Santa de Ferrol una de las más famosas de toda la geografía española y, sin duda, la más significativa de toda Galicia por su historia y por la calidad artística e histórica de sus procesiones.

Momento emocionante, pues, pero igualmente o no menos difícil. La dificultad para mí nace de no ser gallego como vosotros y de tener, sin embargo, que hablaros de una realidad que no sólo todos vosotros conocéis mejor que yo sino que, además,  forma parte de vuestra historia y de vuestra sensibilidad. Es toda una osadía.

Pero a esto se junta, además, la clara conciencia de no estar a la altura del cometido que con tanta generosidad se me ha ofrecido. Y me basta un dato para que entendáis que no estoy haciendo gala de una falsa modestia. Si miro a la lista de mis predecesores en esta tribuna recordaréis que el pasado año fue pregonero nada menos que el Cardenal Carlos Amigo, Arzobispo emérito de Sevilla, con el que me une el paisanaje vallisoletano y al que estoy unido por una vieja amistad a la que se añade un enorme respeto a su dignidad y a sus cualidades personales. En el 2009 ocupó esta cátedra el Excelentísimo Señor Don Francisco Vázquez Embajador de España cerca de la Santa Sede con el que he compartido cinco años de trabajo diario en Roma que me han permitido apreciar y valorar sus altísimo valores religiosos, humanos y profesionales y al que me sentiré siempre muy agradecido por la amistad y confianza que me dispensó desde el primer día.

A la vista de estos hechos no puedo ocultaros que, al recibir hace un par de meses la invitación para ser el Pregonero de la Semana Santa ferrolana de 2011, mi primera reacción me inclinaba a no aceptarla. Si, después de algunos días de reflexión, cambié de idea lo hice en primer lugar por un deber de amistad y de gratitud hacia todos vosotros y de modo muy especial hacia Meca y ,en segundo lugar, por creer que esta es para mí una excelente ocasión de ejercer la que ha sido desde hace muchos años mi doble vocación de sacerdote y periodista. Por su naturaleza el sacerdote es evangelizador, esto es anunciador de la Buena Nueva de Jesucristo, y por tanto toda su actividad debe estar encauzada a proclamar los misterios de Cristo y de su Iglesia, de forma muy especial los de su Pasión, Muerte y Resurrección que con tanta eficacia transmite la Semana Santa. El periodista , de forma análoga, vive para transmitir noticias o para explicar y analizar su significado, para profundizar en la superficie de los acontecimientos de cualquier tipo incluidos por supuesto los religiosos que marcan – aunque a algunos les cueste reconocerlo- la vida y la historia de los hombres y de las sociedades.

Creo haber explicado sucintamente las razones que me han traído esta tarde ante vosotros y, de antemano, me encomiendo a vuestra benevolencia si no cumplo como debiera con la obligación que he contraído con la Iglesia de Mondoñedo- Ferrol y con los vecinos de esta ilustre ciudad.

Al mismo tiempo sería hipócrita si no os confesara que me siento muy feliz al encontrarme con vosotros esta tarde en esta magnífica con-catedral que es con la maravilla gótica de la Catedral de Mondoñedo el corazón de esta diócesis cuyos orígenes se remontan, como sabéis , al siglo VI con el antiguo nombre de Britonia y que a mitad del siglo pasado pasó a denominarse diócesis de Mondoñedo- Ferrol presidida durante las últimas décadas por Monseñor Miguel Araujo Iglesias – de quien recordaremos siempre su celo pastoral y el amor a su patria gallega- a quien sucedió el intrépido pastor Monseñor José Gea Escolano y a cuyo frente está hoy Monseñor Manuel Sánchez Monge a quien desde aquí saludo con afecto que ,estoy seguro, todos compartís conmigo.
Vuelvo a evocar ante vosotros mi emoción porque estoy aquí para hablaros de la Semana Santa que es un momento esencial en el universo del cristiano porque nos enfrente con el relato de la Pasión del Señor, de su dolor en el huerto de Getsemaní, en el Pretorio frente a Pilatos y a sus esbirros, en la Vía Dolorosa camino del Calvario, en la Cruz. Pasión  y dolor de Cristo, pasión y dolor del hombre contemporáneo sometido a los flagelos del hambre y de las guerras, de la violencia y de la humillación, de la negación de su dignidad y sus derechos, del racismo y de la intolerancia, de la injusticia y de la tortura.

Hacer el Pregón de la Semana Santa – estaréis sin duda de acuerdo conmigo- no tiene nada que ver con hacer la publicidad de un detergente o ensalzar las cualidades de un nuevo modelo de coche. No es una operación de propaganda o unos juegos florales, un  acto social disfrazado de buenos sentimientos. Es otra cosa muy distinta y mucho más comprometedora.

“La Semana Santa – decía aquí mismo hace un año el Cardenal Carlos Amigo- es un tiempo de gracia. De buen espíritu cristiano para los más. Y de una catequesis pública de lo que son los misterios de nuestra redención. Siempre, y no hay que olvidarlo, precede la Cruz, la Cruz de guía. Porque así es como se entiende y se vive la Semana Santa: como la celebración del misterio pascual, de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Semana Santa es una fiesta para compartir lo que se celebra con  la autenticidad de la fe, viviendo las mejores y más queridas tradiciones pero sabiendo muy bien que solamente unas verdaderas motivaciones religiosas son las que pueden dar autenticidad a unas manifestaciones exteriores que, de otro modo, quedarían en simples festejos culturales”.  

Por fortuna desde hace algunas semanas los creyentes disponemos de un elemento nuevo  que nos permitirá comprender mejor , acercarnos con mayor facilidad al significado profundo de esos misterios. Me refiero al libro que acaba de aparecer en nuestras librerías y en las de otros muchos países del mundo: el segundo volumen  de “Jesús de Nazaret” del que es autor Joseph Ratzinger- Benedicto XVI y que precisamente trata el período de su vida que va “desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección”, justamente los misterios que forman el núcleo de la Semana Santa. Desde aquí os animo a todos a su lectura , un poco ardua es verdad, pero muy provechosa para quien quiera conocer más de cerca a ese Jesús que nació, vivió y murió entre nosotros y que ofreció su vida por nuestra redención.

No es un personaje histórico como otros muchos e importantes que han surgido en el curso de los siglos. Es el Hijo de Dios los evangelios nos narran su vida con autenticidad y garantías de historicidad.

Pero no sólo. Ese Jesús, cuyas imágenes vais a ver desfilar dentro de pocos días por vuestras calles, no nos ha dejado .”Si nos adentramos – escribe el Papa- en la esencia de nuestra vida cristiana entonces tocaremos al resucitado: allí somos plenamente nosotros mismos. El tocar a Cristo y el subir están intrínsecamente enlazados…El Cristo junto al Padre no está lejos de nosotros; si acaso, somos nosotros los que estamos lejos de él; pero la senda entre El y nosotros está abierta. De lo que se trata aquí no es un recorrido de carácter cósmico- geográfico , sino de la “navegación espacial” del corazón que lleva de la dimensión de un encerramiento en sí mismo hasta la dimensión nueva del amor divino que abraza el universo” ( página 332).    

Volvamos ahora nuestra mirada a las Semanas Santas que desde hace siglos se celebran en las calles y plazas de nuestra querida España y que hoy, en un mundo donde crecen como plantas fértiles el relativismo y la increencia, siguen vigentes y , si me apuráis, con un renovado vigor que sorprende a muchos. Es este un fenómeno singular sobre cuyo origen y causas no puedo extenderme ahora pero que definiré como inequívoca expresión de la identidad religiosa de nuestro pueblo.

Ya sé que algunos alzarán con escepticismo sus hombros y me considerarán un ingenuo: para ellos nuestras procesiones no son algo muy diferente de otras manifestaciones de folclore popular más o menos arraigado, expresiones populistas e incluso operaciones destinadas a favorecer el exhibicionismo de quienes las hacen y el turismo de los que sienten atraídos  por algo diferente, atávico y, a corto, medio o largo plazo, destinado a desaparecer.

No quiero polemizar porque creo, además, que los hechos hablan con mayor elocuencia que las elucubraciones. Yo os puedo hablar de “mi” Semana Santa vallisoletana. Forma parte de los recuerdos más entrañables de mi niñez inseparables de la presencia de mis padres y hermanos, de mis compañeros de colegio, de los vecinos de mi calle, de toda una ciudad que durante esa semana se convierte en un retablo moviente . Desde el Domingo de Ramos con la procesión de la borriquita hasta el Domingo de Pascua Valladolid no vive para otra cosa que no sean las procesiones , pendientes todos sólo del tiempo que puede aguarlas. No puedo no mencionar la del Viernes Santo en la que desfilan veinticuatro pasos que rivalizan por su belleza artística salida de los cinceles de imagineros castellanos tan extraordinarios como Gregorio Fernández o Juan de Juni . Pero esas estatuas , que pueden contemplarse mejor durante todo el año en el Museo Nacional de Escultura, son sólo el soporte de una fervor popular remansado durante generaciones, pasado de padres a hijos, desde el último medioevo hasta hoy.
Y ese fervor se manifiesta en el silencio , en el recogimiento , en las lágrimas con las que las gentes acompañan la entrada de las Virgen de las Angustias en su templo o la liberación de un preso el Jueves Santo como privilegio real a la Cofradía de Jesús atado a la columna. Valladolid es el prototipo de la Semana Santa castellana pero hay otras también dignas de mención como las de Zamora o la de Bercianos del Camino cuyas raíces son muy antiguas.

Muy diversas de las castellanas, tan sobrias, la Semanas Santas que se celebran en el sur de la península , en Andalucía. Entre ellas destaca con luz particular la de Sevilla tan traída y llevada por detractores y defensores, por quienes la consideran una “pasada” que poco tiene que ver con lo religiosos y quienes la transforman en la expresión más cabal de la “sevillanidad” y de la religiosidad andaluza. Déjenme que cite  aquí las palabras de un cura aragonés injertado en Sevilla José María Javierre fallecido el año pasado y que en su pregón de la Semana Santa sevillana de 1993 afirmaba:”Majestad y humanidad. Esta armazón armoniosa de formas apolíneas y expresión religiosa, esta textura de soberanía celestial con dolor en carne viva, define las imágenes sevillanas de Semana Santa. Pienso que su vitalidad , su atrevimiento, su ruptura de prejuicio y cánones superan la definición del barroco: Nadie se atrevió antes a vestir así la lejana ,intocable grandeza de Dios con la cercanía sensible de Cristo. Imágenes que portan en si el aliento divino “perceptible en los dolores dramáticos de un hombre llamado Jesús y de una mujer de nombre María”.   

“Sevilla –añadió- ha inventado la mejor manera de darle las gracias (a Jesús) :acompañar las penas que sus penas nos producen  y expresarle nuestra alegría  por sentirnos salvados, gracias a El resucitado”.