2010: Carlos Amigo Vallejo

Cardenal D. Carlos Amigo Vallejo

Habla para que te conozcamos!. Esta era la invitación que se hacía a una persona antes de ponerle nombre: que sepamos de ti para saber cómo llamarte. También podemos decir ahora a unas personas y a una ciudad: habla para que sepamos de tu historia, de tu identidad, de tu vida, de tu cultura, de tus esperanzas y desasosiegos.

Habla, Ferrol, para que te conozcamos!

Urgida por esta interpelación, la ciudad de Ferrol, con sus gentes, con su historia, con su cultura, con su tradición, con su presente y con los deseos de futuro, nos habla de una manera particular y significativa, en los días de la Semana Santa.

Habla Ferrol, para que podamos comprender tus vivencias profundas, sentidas, auténticas y verdaderamente religiosas de una fe que a veces parece adormecida, pero que en los días de Semana Santa revive de una manera particularmente entrañable. Es la tradición antigua la que se hace presente, es un deseo de renovación en el que cabe esperar el interés de las distintas cofradías ferrolanas por ser auténticas comunidades en las que se vive la fe cristiana.

Es la familia ferrolana, quizá dispersa por tantos avatares de la vida, la que aspira siempre a reunirse en los días de Semana Santa. Y solamente el pensar ver a tus hijos entrar por la puerta de tu casa, después de tanto tiempo sin verlos, se te remueven los mejores sentimientos hasta hacer salir las lágrimas.

La vivencia religiosa se hace signo, imagen, profesión de fe, recuerdos, deseos, añoranzas, conversión del corazón. Todo este milagro ha podido realizarse porque, como levadura siempre fresca y eficaz, la gracia del bautismo que se ha recibido permanece en el corazón del hombre, a pesar de tantas vicisitudes y olvidos.
Habla Ferrol para qué te conozcamos. Y Ferrol quiere hablar en un lenguaje lleno de vida, de tradición, de sentimiento y hermosura, pero sobre todo de en los días de Semana Santa.

Habla, Señor Jesucristo, Amigo de los niños, Cristo de los navegantes, Jesús Resucitado, para que sepamos de tu voluntad, de tu vida, de tu palabra, de tus sacramentos, de tu presencia entre nosotros en la historia del tiempo, de tu permanencia viva a nuestro lado como Señor Resucitado.

Habla Señor, Orando en el Huerto, Ecce Homo y Atado a la Columna, Coronado de Espinas, aceptando el Prendimiento, para que te conozca la ciudad de Ferrol y sepa que eres un hombre con los pesares y sufrimientos de los hombres, pero que tú eres Dios de Dios, todopoderoso y eterno, justo y misericordioso. Y que sepamos también de tu santa humanidad, de tu recorrido como hombre entre las vicisitudes, los disgustos y las esperanzas de la vida, Dios y hombre verdadero. Es Jesucristo, la unidad perfecta entre humano y lo divino. El hombre más ejemplar y perfecto. Es Dios que viene a nosotros para enseñarnos el camino

Habla Señor Jesús Nazareno, con tu Primera Caída, el de la Buena Muerte, Yacente y muerto bajo la urna del Sepulcro en el Santo Entierro para sepamos vencer la debilidad con gestos humildes y la confianza en la manos de Dios Padre que nos acompaña.

Habla, Señor, porque te necesitamos como Socorro, Penitencial, Redentor, del Perdón y de la Misericordia.

Vamos pues a establecer un diálogo entre Ferrol, ciudad antigua, con su historia y con su cultura, y con Jesucristo, palabra eterna de Dios, viva y permanente entre nosotros.

Fuertes arraigos y profundas raíces religiosas, históricas y culturales son los que tiene la Venerable, Real y Muy Ilustre Cofradía del Cristo de la Misericordia y María Santísima e de los Dolores.

Que la cultura sea un valor no sólo apreciable, sino imprescindible, hay pocos que sensatamente lo puedan dudar. Porque en la cultura están las raíces y el entorno, lo que pensamos y la forma de vivir. Casi todo es cultura: el envolvente y la historia, lo que hicimos y dejó huella, y el horizonte sin saber, pero que se aspira a conseguir.

La religiosidad es un importante capítulo de la historia, de la tradición del bien hacer de un pueblo. Es una de las señales de identidad. Uno de los signos por los que se conoce la vida del pueblo. Expresión del modo de vivir, de pensar, transmitir valores, creencias, actitudes y modos de hacer y de comportarse.

La cultura entra también en ese capítulo de la ayuda que Dios quiere prestar al hombre de fe. Por eso, la Iglesia nunca es indiferente a la cultura de los pueblos. Canta el Evangelio con la música de cada cultura; hace resonar la palabra de Dios con el idioma del pueblo; asume para su rito litúrgico las expresiones de una determinada civilización.

De qué tenemos que hablar, de “culturas” o “de religiones”? La cultura, expresión de cuánto es y vive una comunidad, un pueblo, una persona, puede ser el gran escaparate de las verdades o del gran engaño. Fe y cultura son realidades tan distintas como inseparables. La fe es adhesión y firmeza a la verdad que el mismo Dios ha manifestado. El hombre recibe esa revelación y la vive y expresa en su modo más peculiar de ser. Habla de Dios, pero con su propia lengua humana. Con sus signos y sus gestos, con su cultura. El Evangelio se encarna en la vida del hombre y esa misma vida se transforma, sin dejar de tener sus propias señas de identidad.

La cultura actual ha dejado de ser religiosa y lo religioso es ajeno a la cultura actual?  Hay un buen y necesario trabajo a realizar: reconciliar al hombre con la fe y con su propia cultura. Con el testimonio, como presencia activa que expresa, en gestos eficaces y significativos, la verdad en la que cree y la que se vive. Todo el amplio campo de la cultura es espacio para la restauración ética, moral, religiosa. Trabajo de inculturación que es poner en diálogo la fe y el pensamiento y la actividad de los hombres. Una fe que no esté encarnada en la historia, en la experiencia de los hombres, sería una fe evasiva, desencarnada. No es que la fe se confunda con la cultura. Allí donde están los hombres, con su lenguaje, valores, tradiciones, historia…, es donde se vive la fe. La inculturación es encarnar la  revelación en la historia de los hombres.

El Evangelio, llevado de la mano del Espíritu se hace presente en cada uno de los pueblo, pero nunca es ajeno a las peculiaridades, a la cultura de cada grupo humano. Desde los tiempos apostólicos, hace dos mil años, está el Evangelio vivo entre nosotros. Ininterrumpidamente, pero con diferencias notables en cuanto a la incidencia pública de lo cristiano. La huella religiosa, cultural, artística, histórica o social del cristianismo es tan evidente como espléndida.

El espíritu mercedario calaba hondo en el alma de los ferrolanos. Se sentían identificados con los que, por tantos motivos y sinrazones, vivían cautivos de las injusticias y de la ignorancia. La comunidad de Frailes de la Merced en Ferrol se pondría enseguida junto al pueblo, como ayuda a las familia en la educación de sus hijos, formando en la fe y en el mejor sentido de la caridad misericordiosa de Cristo. Y se funda la Cofradía de la Merced.

Pilar fundamental en la religiosidad popular es la familia. Cuando algo se vive con la profundidad de la fe y con reconocimiento a Dios, surge enseguida el deseo de comunicarlo a los demás. Sobre todo a los que están cerca, a los mas queridos. Así, el primer recuerdo que se tiene de la infancia es el del abuelo que le llevaba a uno a “ver al Señor”, a Cristo Redentor. Y el día más gozoso, cuando comprometieron su amor ante la Madre de la Merced… Y siempre esa unidad entre los acontecimientos familiares y las cosas de Dios.

Ante la ausencia de valores humanos y cristianos, la familia ayuda a comprender el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales. Tiene capacidad y responsabilidad para el amor y para una donación total, así como para desarrollar una auténtica comunidad de personas. Es la mejor y más completa escuela de las mejores virtudes. En la familia se viven los momentos más sentidos de las alegrías y de los sufrimientos. En la familia se aprende a rezar y a vivir con esperanza.

Para los ferrolanos y para cuantos han tenido la dicha de participar en la Procesión de María Magdalena al Encuentro de Jesús Resucitado, quedara para siempre imborrable la huella de unas emociones tan auténticas como sentidas y que tendrá su apoteosis cuando a la Cofradía de la Merced, la de la Orden Tercera y la de las Angustias formarán como una familia que celebra la más grande de todas las solemnidades: la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

La familia cristiana tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón: La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada (Juan Pablo II. Familiaris consortio 52).

Elemento fundamental e insustituible de la educación a la oración es el ejemplo concreto, el testimonio vivo de los padres; sólo orando junto con sus hijos, el padre y la madre calan profundamente en el corazón de sus hijos, dejando huellas que los posteriores acontecimientos de la vida no lograrán borrar, Y la participación de todos los miembros de la familia en la Eucaristía (Ibd  60, 61).

Tenemos el convencimiento de que, junto con la fe en Jesucristo, la religiosidad popular tiene su raíz más sólida en esa comunidad de vida y entrega recíproca que es la familia. Entre padres e hijos se establecen unos ejemplares vínculos de fidelidad. De los padres se aprenden las virtudes, los valores y costumbres de la fe. La familia explica las razones por las que se celebran los misterios del Señor. La casa está llena de motivos, imágenes, cuadros e insignias que recuerdan permanentemente esa vinculación inequívoca con la familia. Se vive y celebra la función del besamanos, el traslado de la imagen, la procesión de la Señora de la Merced y del Santísimo Cristo Redentor… Después del bautismo se inscribe al pequeño en el libro de la Cofradía y se le impone la medalla que después ha de lucir en momentos importantes de su vida. Se celebra el matrimonio ante las imágenes de los Santos titulares… Y, al final, se hace la última estación de penitencia, que es la muerte, vestido con la túnica de nazareno de la Cofradía. Y hasta se sueña con encontrarse después, en la catedral del cielo, con el Señor que lleva el título de la propia cofradía.

En la Semana Santas Ferrolana va apareciendo, una y otra vez, la Pontificia, Real e Ilustre Cofradía de Muestra Señora de las Angustias. El Domingo de Ramos con Jesús Amigo de los Niños. El Miércoles, con el Santísimo Cristo del Perdón y María Santísima de los desamparados. El Jueves, con Jesús Nazareno, el Cristo de Yacente y Nuestra Señora de las Angustias. El Sábado con el Santo Sudario, Virgen de la Caridad y el Silencio. Y el Domingo de Resurrección con María Santísima de la Luz.          

Qué es una Cofradía? Nos vamos a trasladar, en la imaginación, al viejo bario de Esteiro. Gentes de la mar que sabían mucho de penas y de fatigas, de pescadores que tenían que ir lejos para ganarse el pan de cada día. Hombres de los que dicen antiguas crónicas de navegantes: Los barcos eran de frágil madera; los marineros, de hierro” (“As barquiñas, de madeira; os homes, de ferro). Y en medio de no poca dificultad, y mucha devoción a la Madre de Dios, se fue formando la Cofradía de las Angustias.

Según nuestros códigos y normas, una Cofradía es una asociación pública de fieles que pretende promover el culto, practicar la caridad cristiana y la evangelización, en particular la de sus propios miembros. Existe, pues, la Cofradía, no tanto para hacer cosas, más o menos admirables y dignas de respeto y hasta de aplauso, sino como un medio para ayudarse a vivir como cristianos, haciendo realidad, en obras y en palabras, el Evangelio de Jesucristo.

Se traicionaría a sí misma la Cofradía si no considerara esta dimensión de fidelidad eclesial como algo sustancial en su vida y acciones. La Cofradía ha nacido con una finalidad religiosa y caritativa; ha sido aprobada por la Iglesia con la garantía de que había de cumplir sus objetivos fundacionales; los miembros de la Cofradía se han afiliado a ella confiados en que se les daría aquello que se les ofrecía. Sería, por tanto, un fraude que la Cofradía no asumiera y ofreciera aquello que es la razón de su existencia: una vida cristiana, llena de autenticidad, y que se manifiesta en múltiples acciones cultuales propias, y en una eficaz labor caritativa.

La Cofradía no es una simple asociación de personas para conseguir unos objetivos más o menos inmediatos. Es una forma de vivir en cristiano, de seguir a Jesucristo, de estar en la Iglesia, de caminar como ciudadanos de este mundo, de sentir el calor de la propia familia. Una Hermandad no es solamente una agrupación a la que se pertenece, ni siquiera una serie de actividades religiosas en torno a unas imágenes veneradas. La Hermandad es un espíritu, una vida, una fe, un patrimonio espiritual.

La Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias siente con el pueblo, está unida a él. No sólo no renuncia a la cultura, al modo de hacer, a la vida del pueblo, sino que lo asume y hace que, en todas las expresiones religiosas de la Cofradía, se esté hablando con un lenguaje que el pueblo pueda comprender sin dificultad alguna, y reconocerse en él como algo propio. Tradiciones y costumbres, modos de hacer, sentimientos y emociones, no sólo son compatibles con una fe auténtica, sino que son necesarios para comprender y vivir los misterios religiosos. La fe no destruye lo humano, la cultura, el modo de hacer, sino que da dimensión de trascendencia a todo eso. Fe y cultura no se confunden, pero se ayudan. Por la fe, toma una vida distinta la simple expresión cultural. En lo humano, la fe encuentra buenos caminos para hablar del misterio de Dios. La Cofradía es del pueblo, que está formado por hombres y mujeres de este mundo, y siente con el pueblo. Es decir. Toma de su alma y lenguaje para manifestar y hacer comprensible el misterio de Dios y vivir la fe cristiana en caridad fraterna.

En sus orígenes, las Cofradías, sobre todo las de Semana Santa, están fuertemente ligadas a la contemplación de la persona de Jesús vivida bajo la influencia y espiritualidad franciscana. También al culto a la Santísima Virgen María y a los Santos. Practican obras de caridad, atienden a enfermos y peregrinos y cuidan de la piedad con los difuntos. Se trata siempre de una asociación, vinculada o no a un determinado oficio, que se reúnen en torno al misterio de Cristo, fundamentalmente para vivir la fe y practicar la caridad (Cf. J. Sánchez Herrero: Origen y evolución de las Hermandades y Cofradías. Congreso Internacional de Hermandades. Sevilla 1999. Actas 29‑53).

No podía faltar en Ferrol la presencia de los hijos de San Francisco y junto a ellos la Venerable Orden Tercera. Unos y otros empeñados en vivir una espiritualidad del amor a Dios manifestado en Jesucristo con una vida pobre, sencilla y fraterna.

La espiritualidad franciscana se acerca al pueblo y aparece la religiosidad popular, que es la manera como el pueblo mira y habla con Dios, valiéndose de signos, imágenes, coplas y música… En una palabra, con su propia cultura.

Las celebraciones religiosas de carácter popular han tenido, en estos últimos tiempos, un notable auge en la participación de las gentes -practicantes y alejados-, y en el interés de los estudiosos -creyentes o agnósticos-. Unos quiere expresar la y a su modo. Los otros, investigar, conocer y reflexionar sobre un fenómeno cultural y sociológico importante.

El concepto y los términos de religiosidad popular, ni son aceptados unánimemente, ni hay acuerdo sobre los contenidos de esas expresiones de la fe. Los dos extremos, en el debate, estarían representados, por un lado, en aquellos que niegan cualquier contenido de carácter religioso cristiano en los orígenes de estos fenómenos. En el otro extremo, los que aseguran que esta es la verdadera y única forma de vivir la fe con autenticidad.
El mejor camino para encontrar la luz es siempre el de la búsqueda sincera de la verdad. Lo cual requiere disposición sincera y trabajo de perseverante interés en investigar, reflexionar y exponer aquello que ha sido objeto serio de estudio.

La ciudad de Ferrol es conocida por su Semana Santa y por sus características expresiones religiosas. Las Cofradías, la religiosidad de esta Iglesia, las tradiciones, todo el importante contenido artístico y cultural gira siempre en torno al misterio de Cristo. Pensemos en el Ecce Homo, el Cristo de la Buena Muerte, Jesús Resucitado al Encuentro con su Madre.

En la religiosidad popular, la fe se expresa en un lenguaje vivo y total de palabras, gestos, música, imágenes y costumbres. Con sentido pascual, aunque parezca que predominan los contenidos penitenciales. Vivencia profunda del misterio de Cristo en multitud de títulos con los que se expresa una devoción y sincera.
Con el vivo lenguaje del culto, las imágenes, las procesiones…, llevan consigo toda la fuerza del convencimiento religioso, de la fe en Dios y en su hijo Jesucristo, entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.

Cristo, Salvador y Redentor, el Hijo de Dios nacido de la Inmaculada Virgen María, es la razón, el centro y la esperanza al que se venera y acompaña como cautivo, nazareno, crucificado, sepultado. Al que se proclama resucitado de entre los muertos y cuya gloriosa venida se espera como Señor y Juez misericordioso. Es el fundamento y raíz de la vida cristiana y de todas las expresiones religiosas de nuestro pueblo.

La forma como esta Iglesia expresa el misterio de Cristo, igual que el tema religioso en general, es amplio, complejo, vivido en mil formas diferentes, tantas como son las situaciones culturales en las que viven los hombres. La fe, siempre la misma. La religiosidad popular expresa la profunda vivencia del mensaje evangélico que se ha metido en la genuina cultura del pueblo. En ella encontramos indiscutibles y apreciables valores humanos. Un lenguaje propio que expresa, con su peculiar vocabulario, gestos y normas de comportamiento y que define un estilo característico. Expresiones significativas en las que se manifiestan convicciones profundas y creencias mantenidas a lo largo de los siglos. Una indiscutible capacidad de comunicación que llega a los ámbitos más distintos, crea interés y es fuerza de convocatoria y de participación social del pueblo sencillo. Las manifestaciones exteriores son sinceras, inmediatas, contagiosas, emotivas, con un fuerte arraigo familiar y vinculaciones generacionales.

En esa piedad cristológica y  popular no puede sino expresarse la profunda vivencia del mensaje evangélico que se ha metido en la genuina cultura del pueblo. Esta piedad popular es un lugar privilegiado para el encuentro de los hombres con Cristo vivo. Será necesario, desde luego, el trabajo de un continuo discernimiento pastoral para lograr que, contenidos, signos y tradiciones tengan el criterio de autenticidad en el testimonio de una sincera conversión a Dios y en la práctica del amor cristiano. En este discernimiento habrá que prestar mucha atención a ese pueblo  que mira sus propias manifestaciones religiosas como escuelas donde aprender y donde enseñar a las nuevas generaciones.

Se vive el misterio de Cristo en un lenguaje total en el que todo  – palabras, gestos, música, imágenes, costumbres, vestidos… –  habla de una fe religiosa y con incuestionable referencia a Cristo, el Señor, Dios vivo que escucha la oración y acompaña en el sufrimiento y en la esperanza.

Esta cercanía personal y la manifestación religiosa colectiva son como escuela donde se aprende y donde se enseñar a las nuevas generaciones el encuentro con Cristo y cómo vivir la fe. “El Señor” es el único que salva. Igual que los enfermos y los pobres se acercaban a Cristo pidiendo la curación y el remedio, así lo hace la gente sencilla ente la imagen del Señor.
Elemento imprescindible en el contenido de la religiosidad popular es el culto, aprecio y relación con la imagen. Para el pueblo, es algo más que una simple representación convencional de lo sagrado, para convertirse en una particular forma de presencia de Cristo, de la Virgen María, de los santos. Se la venera y visita, se la rodea de expresiones culturales, se hacen de ella múltiples y variadas reproducciones y se pone en el santuario, en la casa, se la lleva consigo en alguna estampa u objeto personal. En el encuentro con la imagen se establece una especie de relación mística en la que el diálogo se hace íntimo, oracional, creyente.

La imagen, el icono, la figura, es el soporte material, artístico, sensible, de una realidad invisible. Un reflejo del misterio de la Encarnación del Verbo en el que la visibilidad de lo humano conduce al reconocimiento de Dios. De lo sensible a lo que no se ve, de lo material a una contemplación espiritual. Es como un puente que enlaza al hombre con el misterio.

La imagen conduce a la oración. Y con la imagen llega el mensaje y contenido de la fe; con el retablo, el evangelio. Pero el pueblo sabe muy bien distinguir el camino del santuario, el signo del credo de la fe, la representación, del misterio representado. No puede dudarse del gran valor catequético de la imagen. Es como un libro que facilita el que muchos puedan leer uno textos a los que no van a tener acceso de otra manera.

Se debe apreciar y favorecer la religiosidad popular. Solamente desde esta forma de acogida positiva se puede llegar a purificarla de todos los elementos extraños que la rutina ha dejado en ella.

Le vamos a preguntar a la Cofradía de Caballeros del Santo Entierro sobre cómo será el futuro de la Semana Santa ferrolana. Delante de la Urna del Santísimo Cristo del Santo Entierro, nos dirán que la Semana Santa del futuro será igual que la del año en que Cristo subía a la cruz y resucitaba de entre los muertos. Muchas cosas habrán cambiado. Cristo y la fe en su resurrección permanecen.

Habrá, sin embargo, que prestar atención a lo de los tiempos y de los modos, no sea que desvirtuemos la verdad en el empeño de hacerla coincidir, no con lo que es su identidad y esencia, sino con el afán de que se convierta incluso en mentira con tal de que se acomode al gusto del momento y a lo relativo y fugaz de la moda. Otra cosa distinta es el lenguaje, en gestos y en palabras, que ha de ser claro y asequible. Y las obras, que requieren credibilidad suficiente para que se reafirme la coherencia entre el discurso y el comportamiento.

Exhortaba el Concilio, la Iglesia está en continua purificación y renovación a fin de que la señal de Cristo resplandezca con más claridad en la tierra (LG 15). Es por ello que la constante renovación de la Iglesia es una exigencia de su propia vocación, que es deseo de mayor fidelidad a su Señor. No debe verse, por tanto, en la renovación que constantemente se nos exige, un afán novedoso de cambiar las cosas o hacerlas de otra manera, sino de buscar constantemente el ser más fieles al Evangelio.

La verdadera razón es siempre el Evangelio. El querer conocer, vivir y anunciar la Buena Noticia. Avivar las raíces de la vida cristiana. Ahondar en los fundamentos de la fe, la vinculación bautismal a una comunidad, la celebración de los misterios, la esperanza y la caridad compartidas. La renovación, por tanto, no es para ser de otra forma, sino para lograr la propia y más fiel identidad cristiana.

La renovación permanente no es un entretenimiento para personas inquietas, ni pábulo para la imaginación, sino una exigencia de la vida. Solamente aquello que es capaz de renovarse puede vivir. Es como una garantía de fidelidad, de atención y cuidado de la fe que se ha recibido. Si constantemente se pide una renovación en la religiosidad popular, no se hace para fustigar y corregir, sino pensando en la vitalidad que encierra una verdadera acción cristiana en la que el Evangelio es siempre la mejor de todas las reglas.
La renovación es un valor permanente, tanto de la Iglesia, como de cualquier grupo social. En cuanto a la religiosidad, no solo es una necesidad sociológica, sino consecuencia de la conversión interior que supone cualquier acercamiento al misterio de Dios. La purificación de lo menos recto, la adhesión a la verdad revelada, exigen una atención permanente, no como trabajo psicológico de interés y autoestima, sino como deseo sincero de verdad y de autenticidad en la relación con Dios, donde lo secular y lo sagrado no estén en una situación de permanente conflicto, como si de una pugna de poderes se tratara.

Tenemos delante un incuestionable principio: la fidelidad. A la historia y a la tradición. Lejos de cualquier inmovilismo y trabajando en favor de una renovación permanente y positiva. De lo contrario tendríamos que renunciar, no solo al valor del progreso, sino a  nuestra misma racionalidad. Unas veces ese progreso puede ser de lenguaje y de expresiones, otra de revisión de contenidos.

También habrá que tener en cuenta los patrones de discernimiento. Odres nuevos y vino nuevo, igual que paño nuevo para un hombre nuevo. Estos criterios evangélicos sirven para evaluar tanto la tradición, como el valor a recuperar y mantener, las costumbres que se sobrepusieron a las verdaderas raíces e identidad de un pueblo. En el principio era Dios, después la idolatría. Primero fue la verdad, después el pecado.

Habrá que entrar en el alma del pueblo, ahondar en raíces y sentimientos, buscar lo mejor y más genuino de las gentes. Allí se encuentra la huella de la mano de Dios y la acción del Espíritu. La Iglesia no puede renunciar a lo que es su misión: ofrecer el Evangelio de Jesucristo. La Palabra de Dios, la Eucaristía, los sacramentos, la caridad, el compromiso social por la justicia, el testimonio de una fe viva.

El Viernes Santo, tan lleno de misterios y verdades tan grandes que solamente se comprenden en la inmensidad del silencio. Comienza la procesión de “os caladiños”. Habrá que acompañar a Cristo de la Misericordia de Cristo y a María Santísima de los Dolores.

Son muchos “os caladiños” en torno a la Semana Santa, pues cuanto con ella se relaciona, es filón inagotable para las investigaciones y los estudios más diversos: cultura, arte, historia, literatura, música, religiosidad. De todo ello se habla y se escribe. Ahora bien, quien justifica esa espléndida realidad de la Semana Santa no es otra cosa que el misterio de la vida y la pasión de nuestro Señor Jesucristo, la insondable verdad de su muerte y de su resurrección gloriosa. Cualquier desviación de este centro y esencialidad sería, no sólo desvirtuar la realidad y quitarle su significado y esencia, sino, cuando menos, una imperdonable desconsideración con los que creen firmemente en Jesucristo, muerto y resucitado, y veneran con fe al Hijo de Dios.

En Ferrol suele decirse que la Semana Santa dura cada no de los días del año. Incluso, que todos los acontecimientos se pasan por el tamiz de la relación con las celebraciones religiosas, y se cotejan y valoran según la tradición y el estilo peculiar de unas costumbres que afectan a creyentes y alejados, a los mayores y a las nuevas generaciones.

La Semana Santa se vive y celebra, como no podía ser de otro modo, con un profundo sentido religioso. Todo lo que esos días se contempla en los templos y por las calles son expresiones del gran misterio de la redención: la muerte, pasión, y resurrección de Jesucristo. Las manifestaciones son hermosas, variadas, peculiares, sentidas, pero siempre reflejando la hondura de una fe en el Salvador del mundo.

La fe se expresa en un lenguaje vivo y total de palabras, gestos, música, imágenes y costumbres. Con sentido pascual, aunque parezca que predominan los contenidos penitenciales. Vivencia profunda del misterio de Cristo en multitud de títulos con los que se expresa una devoción y sincera. En el vivo lenguaje del culto, las imágenes y las procesiones, llevan consigo toda la fuerza del convencimiento religioso, de la fe en Dios y en su hijo Jesucristo.
La Semana Santa es un tiempo de gracia. De buen espíritu cristiano para los más. Y de una catequesis pública de lo que son los misterios de nuestra redención. Siempre, y no hay que olvidarlo, precede la cruz, la cruz de guía. Porque así es como se entiende y vive la Semana Santa: como la celebración del misterio pascual, de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Semana Santa es un fiesta para compartir lo que se celebra con la autenticidad de la fe, viviendo las mejores y más queridas tradiciones, pero sabiendo muy bien que solamente unas verdaderas motivaciones religiosas son las que pueden dar autenticidad a unas manifestaciones exteriores que, de otra forma, quedarían en simples festejos culturales.

Sábado Santo de la sepultura del Señor. Se ha hecho el silencio. También la soledad. ¿Todo ha terminado? Jesús ha quedado en el sepulcro. Pero el silencio se hace meditación y se recuerdan las promesas de Cristo. Y retorna la esperanza. La soledad se vuelve interioridad y se escuchan las palabras del Crucificado: yo estaré siempre con vosotros. Y María Santísima, Angustias, Soledad y Dolores, es testigo fiel de las promesas de su Hijo.

Pascua de Resurrección: Se ha cumplido la profecía: al tercer día ha resucitado. Misterio pascual que es luz inmensa que llena toda la vida cristiana. Nada puede explicarse sin la resurrección de Cristo. Todo tiene explicación en esa vida nueva que nace con el resucitado. No volváis a la muerte del pecado, Vivid siempre en la luz del Cristo. Un tiempo nuevo ha comenzado. También un hombre nuevo: el nacido en el amor de Cristo, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación.

Todo ha cambiado: de la cruz se ha pasado al gozo, de la muerte a la vida, de las afrentas a la alabanza, de las lágrimas al consuelo, del pecado a la gracia, de las tinieblas a la luz. Así es la pascua: tránsito y cambio de lo viejo a lo nuevo, de la opresión a la justicia, del pecado a la virtud.

Con la resurrección de Cristo toman nueva vida todas las cosas. El mundo entero tiene que ser como un sacramento, como una señal en la que se descubre y aprende a vivir en la gracia de Cristo. Será el amor fraterno el que haga olvidar viejos odios. La justicia, practicada con fidelidad, la que deje atrás enconados enfrentamientos entre hermanos. Será la misericordia la que haga fuerte la unidad de los hombres, que un día estuvo resquebrajada por el egoísmo.

Hemos asistido a esta santa conversación entre Ferrol y Cristo. Hemos visto cómo habla Ferrol en Semana Santa y hemos oído y sentido cómo van calando las palabras de Cristo. La Semana Santa no ha sido simplemente el momento y el espacio para esta conversación, la Semana Santa se ha convertido en una escuela donde hemos aprendido las mejores lecciones: la fe en Dios y el amor a la familia.

Se abre pues, hermanos cofrades y ferrolanos todos, las puertas de este gran templo en el que se convierte Ferrol durante los días de Semana Santa. Tenemos que abrir bien los ojos para contemplar, a través de las imágenes, la pasión y muerte resurrección de nuestro Señor Jesucristo. La imagen, cuanto más bella y brillante, más va perdiendo su figura para que a través de la belleza que representa, se haga viva la imagen de Jesucristo el Señor. Tendremos que abrir muy bien los sentidos, porque si la música es bella, mucho más hermoso es el Señor para que esa música se interpreta. Abramos las manos, y los brazos, y la casa, y la vida, para acoger al que llega a Ferrol en Semana Santa. Y cuando te pregunten por qué celebrar la Semana Santa, tú puedes decir lleno de emoción: que esto es lo más grande que mi gente me ha dejado. Porque esta es la representación viva de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Porque no es simple recuerdo de acontecimientos que tuvieron lugar hace muchos años, sino memoria permanente del amor de Cristo entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.
Cofrades, ferrolanos: comienza la Semana Santa. Atentos a la santa conversación que van a mantener el Dios vivo y una ciudad llena de historia, de tradición, y de santos deseos para el futuro. Han llegado a Ferrol, un año más, los días de Semana Santa. Que Dios os bendiga.