Texto íntegro del Pregón 2017 pronunciado por el P. José Anido Rodríguez. 

(Prohibida la reproducción total o parcial sin citar al autor y la fuente)

I

a

            No hay noche más negra en el corazón de un cofrade, que aquella en la que, por voluntad de Dios, debe permanecer alejado de su hermandad durante su estación de penitencia. Recuerdo esa noche. Me encontraba en Valladolid, por vez primera en treinta años, separado de mi familia y de mi tierra. Era la madrugada del Jueves al Viernes Santo. Y en la soledad de la noche sonó el teléfono con mi hermana Luisa al otro lado. Un sola palabra: «¡escucha!». Y desde toda una vida de distancia surgieron los acordes de Cesáreo Gabaráin, «La muerte no es el final». Cantaba una ciudad entera que convertía su canto en oración ante el Santísimo Cristo de la Misericordia. Cerré los ojos y viajé.

            El corazón volaba a lomos del recuerdo alado. Al Norte, siempre al Norte y a poniente. Atrás quedaron las secas tierras del Pisuerga al encarar la maragatería de mis ancestros. Sobrepasé Benavente y Astorga, y al ascender el terreno me recibieron los fríos lagos del Bierzo y las nevadas cumbres de los Ancares. Al otro lado, el verde manto de Galicia. No me detuve bajo la sombra del las murallas lucenses, ni descansé al cruzar Vilalba, pueblo de mi madre. No me desviaron las altas chimeneas de As Pontes, ni su profunda laguna, y siguiendo por As Neves dejé a mis espaldas las fragas del Eume. Y, ¡al fin!, crucé los últimos montes, y ahí estaba, bocanada de mar, la ría. Y tras la ría la ladera y sobre la ladera, la ciudad.

b

            ¡Ferrol! Ciudad dorada por el Sol de la mañana.

            ¡Ferrol! Ciudad guardada por san Felipe y la Palma, que sobre la sagrada tierra de Brion rechazaste al inglés.

            Ferrol de san Julián y Nuestra Señora de Chamorro, que marcan de fe y oración el caminar de tu año.

            Ferrol, ciudad de la Ilustración, soñada por Jorge Juan y Sánchez Bort, trazada a cordel a la luz de la razón.

            Ferrol de Concepción Arenal y Torrente Ballester, de Carvalho Calero, de galerías sin fin que se pierden en los arabescos modernistas de Ucha Piñeiro.

            Ferrol de la Magdalena y Esteiro, de Canido y Ferrol Vello, de Recimil, Caranza y Ensanche; de calles tejidas por pasos de generaciones.

            Ferrol de mi infancia entre la plaza de Sevilla y la iglesia del Pilar, entre el Tirso y Amboage. Ferrol con mis padres en la Malata, animando al OAR, o en la calle Galiano visitando la humilde librería donde trabajaba mi madrina. Ferrol donde mi corazón se rompió por vez primera, y por primera vez escuché la llamada del Señor. Si me olvido de ti que se me paralice la mano derecha, que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no te pongo en la cumbre de mis alegrías (Sal 137:5-6).

            Ferrol que bajo la luna de primavera transformas tus calles en vía dolorosa, y sales como la Verónica y el Cireneo al encuentro del Señor.

            ¡Ferrol! Jerusalén del Norte, Sión del mar.

            Ferrol de corazón cofrade, de cirio y hombro, de incienso y flor. Ferrol de Dolores y Angustias, de Soledad y Merced, de Santo Entierro y Navegantes.

            A ti te pregono, ¡Ferrol!, lo mismo que tú me has enseñado a amar.

II

            Reverendísimo señor obispo de Mondoñedo Ferrol, don Luis Ángel de las Heras.

            Autoridades eclesiásticas, civiles y militares presentes.

            Presidente y miembros de la Junta General de Hermandades y Cofradías de Ferrol. Hermanos Mayores y Comisarios de las distintas Cofradías y Hermandes de nuestra ciudad.

            Queridas hermanas y hermanos cofrades, amigos todos.

III

            Hoy resuenan en mi interior aquellas palabras del salmista, Señor… no pretendo grandezas que superen mi capacidad (Sal 130:1). Y, sin embargo, aquí me encuentro, osado, ante vosotros. Todavia preguntándome ¿qué podría aportar yo al amplio elenco de pregoneros que me han precedido? ¿Cómo la torpe lengua de un pobre fraile sería capaz de convertir en melodía el sentimiento que, a golpe de corazón, marca y ha marcado nuestra semana grande en su caminar centenario? Las fuerzas no me alcanzan.

            Me detengo y vuelvo la mirada al tiempo en que prendió en mí esta pasión que nos consume, que hace que todas las primaveras mostremos nuestra fe encarnada por nuestros barrios. Y la memoria no falla. Este joven sacerdote se transforma en un niño de ocho años. Está subido en una banqueta, en la sala de una modista, vestido con un hábito, un fajín, una capa a los que les sobra tela por todas partes. Su madre mira inquieta la labor de alfiler y metro que, poco a poco, va ajustando aquel desbarajuste de raso blanco y rojo. Una madre que habrá de pasar noches en vela para que esa tela rebelde luzca inmaculada en la mañana. Una madre que fuera quien primero lo había llevado a ver pasar al Señor y a su Madre en sus tronos… Una madre y un hábito. El hábito de mi primera imagen titular, san Juan Evangelista.

            Sí. A ti pediré que me des fuerzas. A ti, san Juan Evangelista, que abres con tu palma la Pasión en Ferrol, señalando adelante, siempre adelante, hacia Dios; a ti, yo que llevé con orgullo tu hábito, hasta que pude llevar el de tu Maestro y mi Señor; a ti te pido que eleves mis palabras, y que como tus portadores, cada Domingo de Ramos y cada Viernes Santo, te hacen rasgar el cielo con tu palma dorada, así puedan estas frases levantar el vuelo en esta catedral, y ser preludio digno de esa semana que año tras año viste nuestras calles de música y arte, de oración y de fe.

IV

a

            La overtura de nuestra pasión es un mar de olivos y palmas, de laureles que se agitan al viento del Nordés en manos de la chiquillería. Es Jesús que entra triunfal en Jerusalén, Jesús amigo de los niños que salen a su encuentro por la Magdalena y Esteiro. ¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! (Mt 21:9) Festivo comienzo marcado por la emoción, pregonado por el discípulo amado, por San Juan Evangelista de rojo manto timbrado con el águila de su verbo alado, que nos reclama a cada paso: ¡aprestad los corazones y disponeos a caminar en compañía del Rey que viene, y se dirige a su trono sobre el monte Calvario!

            Un Rey vestido de gozo en la mañana que se cubre de pasión en la tarde. Con franciscana paciencia se va fraguando la procesión frente la Capilla de la Orden Tercera. Recios, sencillos, humildes, sus nazarenos contienen el aliento al contemplar su Rey burlado, al recorrer con la mirada sus manos heridas. ¿Qué sentiste, Gambino, como escultor, al tallar las manos de otro carpintero? Unas manos diestras en el buril y la garlopa, unas manos acostumbradas como las tuyas a acariciar las maderas. Dime, Gambino, ¿miraste las tuyas? ¿Fueron tus manos también entrenadas en la gubia el modelo del que te serviste para las suyas? Las manos de un carpintero dedicado ahora a tallar el perdón en nuestros corazones. Las manos de un ebanista que son ahora la manos de un rey: se burlan de este nazareno de mirada cansada. Lo coronan de espino, lo visten con manto púrpura que escueza sobre sus llagas, le entregan una caña a modo de cetro, le atan las manos… ¡esas manos! Las atan, pero no pueden cerrarlas, las golpean, pero no pueden cerrarlas, las clavarán, pero no podrán cerrarlas. Ecce homo! ¡He ahí al hombre! (Jn 19:1-5) Es el carpintero de Nazaret, maltratado, pero con las manos abiertas, siempre abiertas, gastadas en sanar, en consolar, en perdonar, manos humildes, que son las manos de Dios.

b

            Una mañana, una tarde, el primer día ha pasado. Y amanece sobre nuestra Jerusalén ártabra. La mirada se detiene ahora sobre una joven famila con dos niños pequeños. El padre coge sus hábitos, limpios, planchados, a estrenar. Llevan colgados en el armario casi desde hace un mes, hubo que vigilar a Manuel y Sara: querían ensayar vestidos con ellos por el pasillo adelante, a los sones de las marchas que su madre tiene en el ordenador. Hoy, por fin ha llegado el día. No irán al colegio, pero marcharán con su Cristo, el de Cristo Rey, delante del que, en la capilla, las hermanas les enseñan a orar. ¡Con qué orgullo van ahora a participar en su procesión! Su madre tiene la emoción en la mirada. Ella lleva años acompañando a su Señora, consolando a su Amargura. Tenía veinticinco años y un padre enfermo cuando un lunes santo posó sus ojos sobre los de Ella. Una plegaria hecha mirada, y desde entonces no ha fallado un solo año, no podría. Una madre no abandona nunca a sus hijos, ni los hijos a su Madre. Piensa esto mientras prepara su propio hábito y mira a sus hijos, nerviosos, alborotar.

            Será su primer año y quedará grabado en sus almas… Pasarán años, y los años se transformarán en décadas… y al cerrar los ojos la memoria se teñirá de color, se envolverá en el aroma de miles de flores que brotan en esta primavera de pasión. Rosas y claveles púrpuras dispuestos a los pies de la Cruz: gotas de sangre del Señor derramadas por nuestra redención. Lirios y azucenas que son pureza en las mejillas de una Madre, regadas con rocío de lágrimas en desconsuelo. Mantos de flor que reflejan las túnicas y sayas que visten amorosas la desnudez de nuestras imágenes. Filigranas de oro y plata que la luna, celosa, quisiera haber trazado ella. Artesanos imprescindibles de aguja y alfiler, de pétalo y hoja, que dibujan su fresco en las estancias del recuerdo.

c

            Memorias estas que nacieron en las estrechas calles de pescadores, en los antiguos meandros donde se fraguó la sangre marina de este pueblo indómito. Nuestra historia es la de un pequeño corazón, que latiendo cada vez más fuerte ha alcanzado el universo mundo. Ferrol Vello, barrio creyente, que presenta su fe al Señor.

            Sube el Martes por sus calles, a hombros, Cristo tendido en la cruz. Desde el santuario de la Orden Tercera, asciende el Señor de la Buena Muerte. ¿Buena Muerte? Si te han azotado, coronado de espinos, cargado con el madero, colocado entre ladrones. ¿Buena Muerte? Si han atravesado tus manos y tus pies al clavarte en la cruz. Y, sin embargo, al avanzar por los caminos del puerto, Buena Muerte te invocan. Y Buena Muerte eres, que no te roban la vida, que Tú la entregas para nuestra salvación, para el perdón de nuestros pecados. Y no hay mejor muerte, Señor, que la de aquel que ante la suerte suprema, levanta sus ojos hacia Ti. Pasa Buena muerte por Ferrol Vello, y hace estación de penitencia en la iglesia del Socorro, mirada de Dios sobre la ría.

            Iglesia del Socorro, donde hacer oración pausada por todos los que arriesgan la vida enfrentados al Océano. Señor, no permitas que naufraguen, deja que puedan seguir surcando las olas. No abandones a tus hijos, que son como aquellos otros del mar de Galilea, sal con ellos en sus barcas. Y en la tarde del Miércoles Santo, sé, una vez más, Cristo navegante. Que no hay ferrolano en la mar que no te tenga en sus oraciones, que aun viéndote en la cruz, no tenga grabadas las palabras del poeta:

«¡No puedo cantar, ni quiero

a ese Jesús del madero,

sino al que anduvo en el mar!»

            Jesús galileo, que marchas con tu pueblo amado por las veredas del puerto, ofrece ancla y refugio a todos los que sienten su vida naufragar.

            Ferrol marinero tiene… tenemos en Jesús nuestra esperanza, en Jesús y en su Madre. Una Madre que en la tarde del Martes aguarda a sus hijas. En el corralón reposa, paciente, vestida con su manto de verde terciopelo, verde como la mar, verde como como los montes sobre los que alzar la mirada al llegar a puerto. ¡Esperanza, ancla de nuestras vidas! ¡Esperanza de grana y castro! Lágrimas bañan tu rostro, y mi corazón se rompe. ¡Madre! ¿Por qué lloras si esperanza es tu nombre? Mira a tus hijas: cuando la noche es más oscura y la tristeza más profunda, te meces sobre sus hombros, hoy son tus pies mientras tu mirada alumbra su corazón. Mira. Que no caminan, que rezan. Que cada paso es una pena que tú alivias, una plegaria que tú escuchas. Mira, Madre que esas lágrimas que besan tu mejilla no son tuyas, que son las suyas que tú enjugas… porque tu nombre es Esperanza.

            Y de repente, el silencio.

            La procesión está parada, descansan portadores y cambian de hombro, el cofrade se ajusta el capuz, bajo el terciopelo apenas se distingue la espalda del hermano que precede, y la vela que arde en el farol. En un instante, suena la campana y estalla el primer redoble. Al escuchar la marcha, el cuerpo responde. Sin moverse del sitio, se acompasan cuerpo y corazón, cadera y pie: en el alma está inscrita esa conjunción inefable de trono, tercio y banda. Y cuando el pendón alza el vuelo, como uno solo, el tercio avanza haciendo bailar sus capas. Es el oído el que guía el pie, no la vista. Bandas, agrupaciones musicales, timbaleros, convierten la música en oración que sube al cielo con los acordes. Suenan corneta y clarín, gaita y trombón, la plegaria reza al ritmo de timbales y atambores. Y, entre ellas, por supuesto, la Agrupación Musical Virgen de la Amargura, que habrá de elevar hoy nuestros corazones. ¡Que no cesen! Por favor, que no cesen esas marchas que desgranáis para acunar al Rey de los Cielos y a su Virgen Madre.

d

            Se llena el Miércoles de silencio y perdón, examen de conciencia, que hacen… hacemos los penitentes antes de salir de la iglesia de Dolores con nuestras cruces a cuestas, todos. No me refiero a las cruces de madera, sino a las que cada uno llevamos, mi caída, mi falta, mi pecado. Acompañamos a nuestro Salvador muerto por nosotros. ¡Alcánzanos, Señor, el perdón! Danos fuerzas para levantarnos, y levantar al hermano. Desde el santuario de las Angustias, María sale en nuestro amparo, despliega su manto maternal, refugio siempre abierto. Ella es Madre que lo deja todo para encontrar al niño perdido, ella es Madre que no olvida al que yerra el rumbo, que intercede por nosotros, que nos alcanza el Perdón de su Hijo, nuestro hermano, incluso cuando no nos atrevemos a pedirlo. ¡Madre de los desamparados, no nos abandones! Que tus cofrades sean tus brazos extendidos hacia los pecadores, que tus hijos sean las filigranas de tu manto que proteje a quien más lo necesita. Madrugada de pasión, avanza el Señor camino del Calvario por la calle Real desde la Orden Tercera. No es su cruz la que más le pesa, son las nuestras, penitentes y desamparados: que si a hombros queremos llevarlas solos, las fuerzas nos han de fallar. Camina a nuestro lado, Señor, no nos dejes nunca solos. Que aún en medio de tu dolor, tú mitigas nuestra carga de pecado y de muerte.

 e

            Día a día, ante nuestros ojos, se va revelando el fresco de la pasión, plasmado sobre el lienzo de nuestra cuadrícula ilustrada. Las distintas partes de esta pintura no me resultan indiferentes, mi corazón se acelera y mi lengua se traba al resonar en mi voz, estas dos palabras, Merced y Misericordia.

            Porque en un miércoles de Navegantes y Penitentes, de Desamparados y Caminos hacia el Calvario, se abren los verdes portones de la iglesia de la Merced, de mi casa. Memoria de mi juventud, de tradición recuperada: memoria de profesores, padres y alumnos que hacen pública profesión de fe, memoria de mi primer hábito mercedario, que ahora visto hasta entregar mi vida en manos de Nuestra Madre; memoria de hermanos con los que caminar hombro con hombro. ¡Savia viva que hace retoñar el olivo de Nolasco!

            Se abren los portones y precedida de los blancos hábitos de sus hijos, sale a nuestras calles la Niña, mi Niña, Madre de los Cautivos, Virgen Blanca. María que llora dos lágrimas de pena y dolor, una por su Hijo, por el Redentor, que en la Cruz consuma nuestra salvación; la otra por nosotros, también sus hijos, cautivos, cargados de cadenas. Y dispuestos a enjugar ambas gotas de rocío santo, sus cofrades no cesan de ser testimonio de redención. Que no pueden quedarse quietos quienes son hijos de tal Madre. Que quieren que cuando su mirada de dolor sereno descubra las calles María y Arce, Real y Magdalena, no halle en ellas un solo cautivo sin liberar. ¡Mercedarios cofrades! ¡Nuestra Señora nos llama! ¿Dejaremos sin atender el llanto por sus hijos? ¡Portadores que al son de martillo y campana levantáis al cielo el blanco puro de su corazón de Madre, prestad vuestros hombros al hermano en cadenas! Que si en el atardecer del Miércoles Santo le pedimos con voz desgarrada que nos libre del oscuro cautiverio del pecado, son nuestras manos fatigadas las que Ella quiere emplear en esa tarea.

            Noche de libertad, la del Miércoles Santo. Noche que deja esperando la Merced de la Madre, la Misericordia del Hijo.

            ¡Misercordia, nombre grande de Dios!

            Anochece en Getsemaní. Y, ritual de todos los años, vamos llegando poco a poco, solos o acompañados, con más canas o menos pelo, algunos venidos de sus ciudades de trabajo, tras atravesar España entera, para estar esta noche aquí. Y con nosotros la presencia de los que en procesión también nos acompañarán desde el cielo. Somos solo un pequeño eslabón en la letanía de vidas y oraciones dedicadas al Señor de la Misericordia. Pero el reloj no perdona y tenemos que prepararnos, que colocar el hábito, ajustar el fajín o enderezar la capa. ¡Es Jueves Santo en la noche, y hoy va a salir el Señor! ¡No más tardanza! Se lee en voz alta el orden de salida del Tercio, se distribuyen faroles e insignias, se prende el incienso. Y marchamos. ¡Alzad pendón y bandera! ¡Que en campo de sable entre palmas y olivos triunfe el árbol de la cruz! ¡Que no hay honor más grande que ser cristiano y tener la Cruz de Cristo por blasón y enseña! Su rostro dolorido mira al cielo, en busca del Padre, y sus brazos extendidos hasta el paroxismo abrazan a todos sus hermanos, nos abrazan a todos. Su nombre es Misericordia, y Piedad es su Madre.

            Llega la hora, suena la campana de mano de su mayordomo. El Señor ya está a hombros. ¡Portones! Alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la Gloria (Sal 23:7) Sale Cristo a las calles sobre un Calvario rojo sangre y a su paso un pueblo reza. ¡Al cielo portadores! ¡Al cielo! ¡Que hoy sois los pies de Dios! ¡Que no baje nunca! ¡Que tramo tras tramo los hombros respondan! ¡Alzadlo en vuestras manos, que rasgue el cielo y acaricie la luna su rostro! ¡Que le abren camino de luz, sus nazarenos! Camina la Misericordia en la madrugada, y la Piedad llora su muerte. Rezas, Ferrol, con miles de voces recordando que una madre no se cansa de esperar, y que la muerte no es el final. Amor de un pueblo que prende en la madrugada. Y a él se une también mi corazón, porque en esta noche «has dicho mi nombre… y junto a ti, buscaré otro mar».

f

            Ferrol, canta y ora, también en el barrio de Esteiro. Por esas calles obreras en la tarde del Jueves Santo suena una nana de sangre y llanto. Clavado en terrible Agonía, el Hijo expira: con mirada desencajada y músculos en tensión, entrega su vida: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23:46). Muerto, lo descienden de la cruz, y lo depositan en brazos de su Madre.

            Lejos quedan el pesebre en el pueblo de Belén, y los pañales de lino para envolver al Niño. Y, sin embargo, otra vez lo arrulla en sus brazos: ese trono es cuna de plata pura en la que María acuna a su Hijo. No parece estar muerto, ¡duerme! La cabeza apoyada contra el pecho, como tantas veces en los tiempos de Nazaret. La mano sobre el hombro atrae a su Hijo hacia sí; y con la otra toma el brazo exangüe sostenido en un instante de dolor. Mano con mano. Y Ella mira al infinito, atravesada por el dolor de su Hijo muerto, atravesada que no vencida. Detrás, la cruz viste sudario, paño al viento para ocultar la muerte. Madre de las Angustias, corazón roto, meces en tu regazo un niño, un niño que nunca dejó de serlo. Tus cofrades comparten tu dolor, y unen sus oraciones a esa nana de muerte. En esta noche triste, no dejarán que llores sola. Comienza la noche envuelta en tinieblas de tristeza. Y tu mirada, Madre, es la luz que nos sostiene.

 g

            Amanece el Viernes, y el drama viste las calles. Nadie queda en casa, hoy es un día para el Señor. Jesús nazareno ha sido sentenciado, Pilato se ha lavado las manos. Juan y la Verónica esperan. Se abren las puertas de su iglesia y María Santísima de los Dolores sale al viento, al frío, al desconsuelo. El negro luto ya la viste. Una espada atraviesa su corazón. No hay calor que pueda caldear el alma. Sabe dónde termina el camino de su Hijo. Antes quiere verlo, hablarle, abrazarlo una última vez.

            Ahí llega Jesús nazareno, a hombros de nuestra Esperanza. Ya ha caído una vez y un jornalero, Simón de Cirene, le ayuda a portar el árbol santo de la cruz. Cae de nuevo y su Madre se acerca. No alcanzo a escuchar las palabras que intercambian. Se separan. Un puñal más en el corazón de Ella, una espina más en la corona de Él. Jesús bueno, quisiera yo ser ese Simón de Cirene que te ayuda con la Cruz. Simón de Cirene que cruzó contigo mirada y destino, en la mañana fría, en una calle angosta donde pecado y muerte se encontraron para perseguir al inocente. Jesús bueno, quisiera ser yo la Verónica que un paño de lino a tu frente acercara, y enjugar sangre y sudor de tu rostro desfigurado, y darte de beber agua pura que alivie tu amarga sed. Jesús bueno, quisiera ser yo Juan Zebedeo, para dar la mano a tu Madre. Que camino del Calvario gris, no hay mayor refugio que el manto suave y la mano tendida de la Dolorosa.

            Vuelve el nazareno a un Amboage transformado en Calvario, se acerca la hora última. Es entonces cuando Redención ofrece su vida desde la Merced. Amor entregado que rompe las cadenas que nos atenazan. Amor sacrificado que perdona a los que lo matan, al buen Dimas, a nosotros, pecadores. Marcha sobre una Cruz luminosa que bañada por la luz de la tarde, quiere anunciar ya Resurrección. Suena el repique de varas sobre el granito, repica a muerte la tierra entera. Si los hombres callan, las piedras gritarán a una sola voz: ¡venid adoremos la cruz donde pende la salvación del mundo! Y a la hora de nona, su grito rasga el cielo y entrega su espíritu al Padre.

            Ha muerto. Todo se ha cumplido. Marchan Madre y discípulo a buscar el cuerpo amado para darle sepultura. Procesión fúnebre que acompaña a una Madre huérfana de Hijo. Ahora el que viéramos crucificado yace en más que centenario sepulcro de ébano y cristal. Duerme ya, no sufre. Lo velan ángeles que portan los signos de su pasión, y sus heridas abiertas derraman rojas rosas. Viste el luto terciopelo negro, marcado por la cruz bermellona que recuerda aquel primer Santo Entierro. A los sones fúnebres de Chopin, avanza la urna con su preciado tesoro. Ferrol en la calle guarda silencio, la ciudad entera acompaña su pasar, y el mismo viento acompasa su silbido a las marchas que mecen el sagrado cuerpo a hombros de sus caballeros.

            Tarde terrible esta en la que parece que Dios calla. Tarde terrible esta en la que vemos pasar yacente a Nuestro Hermano. Tarde terrible esta que no puede contener las lágrimas, cuando, al término, vuelve la urna a cruzar estas puertas de san Julián. Jesús ha muerto y no hallamos consuelo.

 h

            Non hai dor meirande co dunha Nai que chora pola morte do seu fillo. Fechado o sepulcro, só nos resta acompañar, por tres veces, o corazón traspasado de María: soidade, dor e caridade.

            Soa sae a Nai de esnaquizado corazón. Permitídeme, miña Señora fermosa, que na tarde morna vistes parti-lo voso Fillo, lanzar un mentís ó voso nome. Da «Soidade» chámanvos, e non marchades soa. No mesmo intre que a malfadada espada vos atravesou o corazón, un milleiro de novos fillos naceron para darvos compaña, o primeiro o meniño Xoan, o más xoven e gallardo dos discípulos do noso Señor. Non, nosa Nai de tristura, non marcharedes soa, mentres haxa quen, na tardiña, queira vesti-lo voso hábito e ilumina-lo voso camiñar quedo. Non é un palio de prata e branco raso o que cobre a vosa pena. A vosa pena soségase co recendo de nardo e azahar dos corazóns dos vosos confrades, que como incenso elevan as pregarias ante a vosa presenza. Son os seus pasos oracións que se erguen mellores que os varais que sosteñen ese ceo bordado de estrelas; son os seus fachos nas mans a luz máis brillante, porque arden co fogo do seu amor. Abride os ollos, Nai nosa! Que as bágoas de dor non volos pechen para sempre! Que «Soidade» chámanvos, e non marcharedes nunca soa.

            A dor dunha Nai é máis escura que a noite pecha. E desde san Xiao, desde esta mesma igrexa, un mar de velas acesas queren rachar esa escuridade. Nai das Dores! Calados marchan os vosos fillos, somentes o son do tambor quebra o negro manto que cobre a cidade enteira. Duras fanse xa as costas e a subida cara o voso santuario. As forzas comezan a fallar. E así e todo, seguen adiante nazarenos e portadores, o pobo enteiro. Que as vosas bágoas de dozura son bálsamo para os pes cansados. Nai das Dores! As miñas mans queren ser as que enxuguen o voso rostro, e sodes vós, sempre vós, a que como a Xoan, tomádesme da man e dádesme forza. Aínda nesta noite triste, sodes quen de reuni-los discípulos do voso Fillo e quenta-los nosos corazóns. Non hai pranto capaz de abarca-la vosa dor, por iso, ante a vosa igrexa, recorremos só ás vellas palabras: Salve raiña e nai de misericorda! Salve Nai das Dores que no teu manto bordado levas a oración enteira dun pobo que sofre e ora!

            Cala a cidade, e o loito desborda o venres e enche o sábado, cando as portas do santuario das Angustias se abren á cidade. Unha rosa por cada esmola, unha flor por cada oración. E esa arca vai enchéndose diante dunha Nai que troca sequera por un día o seu nome, de Angustias, en Caridade. Angustias é o voso nome, pero hoxe queredes ser amor, queredes te-las vosas entrañas abertas para todo quen o necesite, para tódolos desamparados, para tódolos que alcen a súa voz xemendo. Neles vede-lo rostro do voso Fillo na Cruz. E nós tamén queremos acompañarvos en silencio, a verdadeira caridade non fai alboroto. Silencio que só romperá o son inconfundíbel da prata contra a madeira. Un martelo de prata para chamar ó corazón dos fieis, un martelo de prata para consolar, un martelo de prata para cravar para sempre as súas inquedanzas e angurias no corazón da maior Angustia, a da Nai que veu mata-lo seu Fillo.

i

            Cuando las lágrimas se agotan por el llanto, amanece el octavo día. Amanece tras la noche más brillante que el alborada. Aún desconsoladas, desde Merced y Angustias, la Magdalena y María se dirigen al huerto donde habían depositado el cuerpo amado. Las acompañan en duelo nazarenos. ¿Quién podría pensar que el silencio de Dios se habría de trocar en gozoso himno de la creación entera? Porque los coros de los ángeles cantan a Gloria. ¿No los escucháis?

            ¡Cristo jardinero! Tras el cruel invierno de la muerte, haces brotar un mar de rosas blancas que anuncian una nueva primavera. ¡Cristo jardinero! Mira que las lágrimas de la Magdalena son ahora de alegría. Ella será apóstol de los apóstoles, la primera que con voz prístina anuncie al mundo que nada volverá a ser igual. Y ahí está también la Madre: quien en la cruz viera clavado y escarnecido, ahora luce con el resplandor de la vida, una vida que no conoce ocaso, que desborda. Bailan corazones en el encuentro, una Madre y su Hijo. Sobran las palabras y estalla el canto gozoso del alma. El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres (Sal 125:3). Es la mañana de Pascua, la Resurrección del Señor.

V

            El tiempo se me agota, y no quedan más palabras. Quedan solo siete días para que nuestra fe se encarne por las calles. Siete días para tenerlo todo a punto, siete días de nervios y tensión, de emoción, que han de transformar esta ciudad marinera en la ciudad santa de Jerusalén.

            Siete días para volver a agitar palmas y olivos. Y llorar ante el rosto lastimado del Señor.

            Siete días para consolar la Amargura en el corazón de una Madre.

            Siete días para que la Esperanza nos alivie ante la Buena Muerte de nuestro Hermano y Señor.

            Siete días para que esta ciudad de Navegantes ore, penitente, a su Redentor bajo el Amparo de una Madre que es Merced y Misericordia, camino del Calvario.

            Siete días para contemplar en Agonía la Misericordia del Hijo sobre su Cruz, escuchar el llanto de la Piedad traspasada, y la nana que una Madre en su Angustia canta al niño que acuna en brazos.

            Siete días para encontrarnos, discípulos como Juan, con Jesús Nazareno camino del Gólgota, para estar al pie de su cruz, para acompañarlo Yacente y tratar de aliviar la Soledad de su Dolorosa Madre.

            Siete días para esperar en Silencio, con María Santísima, la palabra última del Padre.

            Siete días, ¡hermanos!, para de rodillas encontrarnos con Cristo jardinero en el huerto donde todo fue hecho de nuevo.

            Que ya mi voz calle, y deje de abusar de vuestra paciencia, y vengan los días grandes de la Pasión, los días grandes de la Fe, los días grandes del Señor y de su Madre.

            Calle yo, y vengan tus días grandes, ¡Ferrol!