Aunque quizá haya pasado desapercibido para muchos, la iglesia de Dolores de Ferrol posee un Lignum Crucis, uno de los relicarios con una pequeña astilla de madera de la Cruz de Cristo. Ana Martín escribe en el último número de la revista Pasión Ferrolana, que publicó la COPE Ferrol este año, un artículo sobre esta pieza y sobre las noticias o leyendas que envuelven estas reliquias.

Tal como dice la autora, su valor es más simbólico y religioso que material. Es, como dice Ana Martín, “el calvario de Jesús resumido en una esquirla con tanto valor simbólico, que leyenda, historia y fe, se han fundido y confundido durante siglos para narrar las vicisitudes del árbol de la cruz”. En la parte superior de este relicario aparecen un hombre y una mujer desnudos, que podrían interpretarse como Adán y Eva, sentados a ambos lados de una cruz, sujetando unos cuernos de la abundancia derramando sus riquezas vegetales, como sucedería en el paraíso.

En la parte baja hay guirnaldas florales y hojas de acanto, que están relacionadas con la inmortalidad “y por tanto ornato válido para cualquier relicario cristiano, pues las reliquias nos hablan de aquellos que alcanzaron la gloria eterna”, relata Martín.

En el astil, estas hojas “cobran volumen abrazándose y creando una cavidad que cobija a una figura infantil portando un racimo de uvas”, y que se asocia con “la eucaristía, la redención y la salvación de la humanidad lograda por Jesucristo con su pasión”, explica Martín.

El Lignum Crucis de Dolores está fabricado en un metal de baja calidad, concebido más como una pieza de fundición que puede ser replicable, con diferentes elementos iconográficos que encajen con la reliquia a contener. De estética ecléctica, el autor pudo escoger esos elementos por tener una simbología reconocible y además válidos para contextualizar diferentes reliquias, según señala Ana Martín en su reportaje. De hecho, la Concatedral de San Julián posee un relicario copia de este, que data del siglo XIX.

Evangelio

También relata Ana Martín la historia de la madera que finalmente se empleó en la Cruz. Según el Evangelio, cuando Adán enfermó, su hijo Seth fue al paraíso en busca de un remedio. Recibió del Arcángel Gabriel una ramita del árbol de la sabiduría cuyos frutos curarían a Adán. Cuando Seth volvió su padre ya había fallecido, pero igualmente plantó el esqueje sobre su tumba. Se decía que poseía un tallo tríplice, del que salían tres especies arbóreas diferentes, aunque no se sabe con certeza cuáles: “Unos hablaban del cedro, del ciprés y de la palma, pero también se mencionaba el olivo”, señala Martín.

Posteriormente, durante el reinado de Salomón, este mandó talar el árbol para usarlo como viga en su palacio, pero por más medidas que se tomaban y más que se serraba, este nunca disminuía de tamaño, por lo que se usó finalmente como puente en el arroyo Cedrón. Cuando la reina Saba abandonó Jerusalén tras visitar a Salomón, entró en éxtasis al pasar por el tronco y profetizó sobre el fin del reino de los judíos. Este suceso de mal augurio llevó a Salomón a enterrar el madero a mucha profundidad.

En el siglo VIII a. C. se construyó en ese lugar un estanque en el que se lavaba a los animales antes de ser sacrificados, y al que acudían los inválidos y enfermos porque creían en las capacidades curativas del lugar. Poco antes de la Pasión, la viga apareció flotando en esas aguas, y los judíos la sacaron para secarla y construir con ella la cruz del Martirio.

Santa Helena, primera mujer arqueóloga, no cejó en su empeño de encontrar la Cruz de Jesús. Según explica Martín, fue al monte Gólgota, donde se había construido un templo a Venus con el que “alejar del enclave a los cristianos” y halló tres cruces que dejaban constancia de la veracidad del relato bíblico. Sin embargo, nada indicaba cuál era la Cruz de Cristo. Según la Leyenda Dorada (s. XIII) de Santiago de la Vorágine, la Vera Cruz mostró su capacidad de resucitar a los muertos cuando por el lugar pasó el entierro de un joven. A partir de este momento se comienza a fragmentar el madero, que, sin embargo, nunca cambiaba de tamaño.

Actualmente hay 49 lugares de la Tierra Santa en donde se custodia esta reliquia, aunque es difícil establecer su veracidad. Las primeras cofradías de la Vera Cruz surgieron en los conventos franciscanos, por lo que es muy probable que los Lignum Crucis que estas hermandades poseen sean los auténticos, provenientes de la capilla del Santo Sepulcro de Jerusalén, custodiada desde el siglo XIV por los franciscanos.